La prisión más peligrosa de Guatemala tiene un nuevo rey. Howard Wilfredo Barillas Morales, mejor conocido como “Matazetas”, es el nuevo convicto que controla todos los aspectos de la vida en la prisión de Pavón, un centro de detención conocido por su falta de gobernanza en las afueras de Ciudad de Guatemala.
Alojado en un sector aislado, Barillas tiene 10 reclusos que le sirven de guardaespaldas y maneja un supuesto "ejército" de 60 presos, quienes mantienen sus operaciones, extorsionando a nuevos presos y sobornando a guardias de seguridad.
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Barillas Morales ha amasado suficiente poder para exigir una cuota de 10 por ciento sobre todos los artículos ingresados ilegalmente y vendidos en la prisión, desde pan hasta marihuana, según testimonios de otros reclusos.
Análisis de InSight Crime
El control de Barillas Morales comenzó un tiempo después de la muerte de Byron Lima, excapitán del ejército que tuvo control de la cárcel hasta su muerte a manos de otros presos, en julio de 2016.
Se dice que Matazetas se ganó la confianza de Lima y aprendió de él, aunque ambos llegaron a la prisión por caminos muy distintos y en momentos diversos de la turbulenta historia de Guatemala.
Lima fue oficial del ejército por mucho tiempo; luchó contra las guerrillas de izquierda y luego trabajó en inteligencia y con la guardia presidencial. Mantuvo una celebrada carrera militar hasta que lo condenaron por el homicidio del obispo Juan José Gerardi, ocurrido en 1998. Lima fue sentenciado a 30 años de prisión en 2001.
Barillas Morales fue condenado a 31 años de cárcel luego de un secuestro. Como jefe de una banda, amasó un arsenal diverso y se jactaba de no temerle a ningún cartel mexicano, en especial a los sanguinarios Zetas, lo que le valió el apodo de “Matazetas”.
El paso de Lima por el ejército le había dejado un buen número de conexiones poderosas, incluyendo prominentes miembros del sistema penitenciario y del palacio presidencial, contactos que usaba para hacer trasladar a detenidos indeseados a otros centros de reclusión y para conseguir contrabando a precios mucho más bajos que sus competidores.
Ese es un lujo que el actual rey de Pavón no parece darse. El mismo Barillas Morales fue transferido a un centro de detención diferente en 2016. Pero ambos llegaron a monopolizar todas las facetas de la vida en Pavón, controlando todo lo que los reclusos necesiten, deseen o consuman.
Eso no solo les brindó una forma lucrativa de gravar el comercio dentro de la prisión, sino que también les permitió distribuir recursos para favorecer a sus aliados y privar de productos básicos a posibles rivales.
Por ejemplo, se dice que Matazetas recompensa a quienes le son leales dándoles marihuana, mientras que Lima hizo una fortuna vendiendo llamadas telefónicas a los presos que querían hablar con su familia, amigos y cómplices.
Lima también creó primero un ejército de presos y guardaespaldas fieles. Dirigir esa fuerza era crucial para controlar las operaciones diarias de la prisión, como los flujos de contrabando y espiar a rivales detenidos. El excapitán también dependía de guardias cómplices, quienes incluso lo acompañaban siempre que salía de Pavón a pasar una noche en la ciudad.
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Lima transformó en barracas el sector donde estaba encerrado, prohibiendo el ingreso a sus rivales e imponiendo disciplina entre presos de confianza con ejercicios de estilo militar.
Usó la experiencia en inteligencia obtenida en sus días en la milicia para montar cuadrillas de espionaje, que recogían información sobre otros detenidos y sobre la administración de la cárcel. Barillas Morales, al igual que el de su predecesor, está libre de rivales que puedan desafiar su autoridad.
Ambos, sin embargo, difieren en la forma de manejar una economía criminal clave en la prisión: la extorsión.
Lima optó por eliminar la llamada “talacha”, una cuota extorsiva que los nuevos reclusos deben pagar en las cárceles guatemaltecas para asegurarse un lugar dónde dormir y para evitar ser abusados. El excapitán fue víctima en un inicio de la talacha, pero cuando se hizo al control de la prisión expulsó a los extorsionistas, una medida que le ayudó a ganarse a los presos rasos de la prisión.
Lima también decía que proveía servicios de salud y seguridad, y empleo a los prisioneros, y en 2016 afirmó en entrevista con InSight Crime que lo motivaba un “impulso humanitario”. Matazetas, por el contrario, cobra talacha a los recién llegados a Pavón, quienes también son golpeados y encerrados en los baños de manera rutinaria. Pero lo que es claro de las historias de ambos es que durante varias décadas hasta hoy las prisiones han sido parte integral del crimen organizado en Guatemala.