‘Sicario’ presenta crítica a las drogas exagerada pero novedosa

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La recién estrenada película “Sicario”, aunque por momentos presenta una descripción exagerada de la violencia de las drogas en México y la estrategia contra los carteles de Estados Unidos, ofrece una crítica dura pero refrescante de los esfuerzos regionales contra las drogas.

Estrenada en octubre, “Sicario“, de Denis Villeneuve, trata de “una idealista agente del FBI”, que es “reclutada por una fuerza de tarea del gobierno electo para ayudar en la escalada de la guerra contra las drogas” en la frontera entre México y Estados Unidos.

Kate Macer, la “idealista agente del FBI” (interpretada por Emily Blunt), es reclutada para una misión en la que debe desarticular la red del ficticio capo mexicano de la droga Manuel Díaz. Este es responsable de una trampa que acaba con los miembros del equipo de Macer durante la truculenta escena inicial. Esto la lleva a aceptar la oportunidad de ayudar a desmontar su grupo criminal, pese a las aprensiones iniciales.

Al mando de la misión está el enigmático agente estadounidense Matt Graver, quien está acompañado del igual de misterioso Alejandro, encarnado por Benicio Del Toro.

Este es el segundo artículo de una serie en tres partes donde InSight Crime analiza las representaciones recientes de la narcocultura y la historia en películas y programas de televisión de amplia difusión.

La estrategia básica para atrapar a Manuel Díaz es “sacudir el árbol”, desestabilizando de manera visible y antagónica las redes criminales mexicanas. Al hacerlo, el equipo de agentes espera obligar a Díaz a llamar a su contacto clave en Estados Unidos para que regrese a México, revelando así la ubicación del jefe.

Para comenzar este proceso, Macer vuela a El Paso, Texas, donde se une a un equipo combinado que integra un escuadrón de las Fuerzas Especiales, la policía de Texas, y otros, cuya filiación no se aclara. A pesar de que se le dan escasos detalles, de inmediato se la incluye en una dramática (y en realidad improbable) operación en Ciudad Juárez, de México. (Nos enteramos de que el objetivo de la misión es recuperar a un prisionero —un jefe de un cartel— y cruzar la frontera con él).

La incursión del grupo en Ciudad Juárez contribuye al suspenso, pero presenta varias ideas dudosas y fantásticas sobre la naturaleza de las operaciones conjuntas contra la droga entre Estados Unidos y México. A saber, que a las fuerzas de seguridad estadounidenses se les permitiría desplegar un operativo tan audaz y llamativo en México a plena luz del día, o que los funcionarios estadounidenses lo hicieran con tan mala planificación (se quedan atascados en el tráfico en el Puente de las Américas a su regreso a Estados Unidos).

A pesar de eso, la operación en Juárez lleva al espectador por una visita condensada a la violencia de las drogas en México, llena de intranquilidad y tensión: oímos disparos en el fondo, y vemos varios cuerpos decapitados y mutilados colgando de un puente.

En una época, Ciudad Juárez sin duda fue sinónimo de las “guerras contra la droga” en México, cuando grupos rivales, disputándose el control de las rutas de tráfico a los Estados Unidos, hicieron de la ciudad la más violenta del mundo. Sin embargo eso fue hace mucho, y se ha restablecido cierta calma. (El alcalde de Ciudad Juárez hizo un llamado a boicotear la cinta, alegando de manera justificada que la violencia de las drogas en la ciudad estaba desactualizada).

Sin embargo, poco creíble o falsa, la operación lleva a una escena postmisión que ilustra de manera sutil los efectos de la llamada “Estrategia capo”, una táctica en la que los cuerpos de policía mexicanos y de Estados Unidos se centran en exponer a los líderes de los carteles.

Más allá de todo el drama y los puntos exagerados en la trama, el categórico mensaje de “Sicario” es para tomar en serio.

Luego de la misión, mientras Macer y el equipo se relajan, uno de los soldados de Operaciones Especiales la invita a la azotea de un edificio. Con la noche cayendo, usan binoculares para mirar Juárez. Vemos una explosión, disparos de proyectiles rastreadores y fuerzas de seguridad conduciendo desesperadas por las calles. “Eso es lo que sucede cuando le cortas la cabeza a uno de los pollitos”, comenta el soldado.

De nuevo, un tanto dramática. Pero la imagen de Ciudad Juárez sumiéndose en un caos mayor luego de la misión del día ilustra un efecto colateral de la Estrategia Capo. Es decir, que eliminar a líderes claves de organizaciones criminales por lo general acarrea mayor violencia y desorden. Esto fue algo que México vio bajo la administración del presidente Felipe Calderón, que se concentró en la eliminación de objetivos de alto valor del mundo de la droga. Esto llevó a la fragmentación de las organizaciones criminales. Y, con las luchas de sucesión entre operativos de mediano rango que buscaban consolidar su poder en el cambiante panorama criminal de México, el derramamiento de sangre se agravó.

Este fenómeno se conecta directamente al mensaje central de “Sicario”.

A medida que se desarrolla la trama, Macer se siente cada vez más alarmada y desilusionada con las tácticas usadas para atrapar a Díaz. En la secuencia que marca el clímax de la cinta, ella confronta a Graver sobre esto, y recibe una dosis de cruda realidad: la guerra contra la droga no puede ganarse; mientras haya un mercado de la droga en Estados Unidos habrá grupos que trabajen para proveerla y aprovecharse de la demanda. En el mejor de los casos, le explica Graver, los gobiernos sólo pueden aspirar a controlar e influenciar la estructura de esas organizaciones criminales que abastecen la droga; de ahí la misión de localizar a Días. La meta no es eliminar a los grupos de las drogas —una tarea de nunca acabar—, sino lograr un mínimo de estabilidad y orden. Como lo da a entender Graver, tener uno o dos grupos que dominen el tráfico de drogas e impongas este orden evoca la “era dorada” del narcotráfico con los carteles colombianos, que usaban la violencia de manera menos desenfrenada e indiscriminada que sus modernos sucesores mexicanos.

Es posible que los funcionarios del gobierno ya hayan adoptado esta lógica en la formulación de la estrategia contra las drogas, aunque no lo reconozcan abiertamente, por variadas consideraciones políticas. Por ejemplo, en el pasado el gobierno mexicano ha sido acusado de favorecer al cartel de Sinaloa centrando las iniciativas antidroga en sus competidores más violentos, los Zetas.

Cuando se la confronta con este concepto, Macer parece perturbada. Pero, dejando de lado las cuestiones morales y éticas, esto refleja una lógica pragmática con la que es difícil discutir. Sin duda, más allá del drama y los puntos exagerados en la trama, el categórico mensaje de “Sicario” es para tomar en serio, y quizás refleja un cambio más amplio en la conciencia referente al cálculo del costo/beneficio de perpetuar la guerra contra la droga.

Así, la imagen desolada e implacable que pinta “Sicario” también es refrescante. No resta importancia a las verdades difíciles del tráfico de drogas ni rehúye describir las duras realidades del funcionamiento de ese mundo.

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