Terror internacional y las pandillas de Douglas Farah

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En respuesta a un reciente artículo escrito por Douglas Farah sobre la MS13 en la revista Foreign Policy y publicado por InSight Crime, el experto en pandillas Juan Martínez D´aubuisson, desafía el análisis e interpretación de Farah sobre la amenaza planteada por las pandillas callejeras en América Central.

Antecedentes de desinformación

En el 2013 Douglas Farah publicó un informe junto  con Pamela Phillips Lum (pdf) para International Assessment and Strategy Center sobre la situación de las pandillas en El Salvador en donde pintó un panorama poco esperanzador y lleno de figuras apocalípticas.

En esa ocasión Farah y Phillips Lum hablaron de campos de entrenamiento organizados por excombatientes de la guerrilla, de compra masiva de armas de guerra y sobre todo de una relación muy cercana con los grandes capos de la droga. Así, sin especificar. 

La mayor parte del informe no era cierta y la otra parte eran verdades a medias, hechos reales que, salpicados con una fuerte dosis de fatalismo, imaginación y generalizaciones irresponsables, daba por resultado una pandilla muy distinta a la que se tiene en los barrios de El Salvador. Otra versión de lo mismo salió poco después en Prism (pdf), revista de la National Defense University, universidad administrada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos.

Este artículo fue editado y publicado con permiso, pero no necesariamente refleja las opiniones de InSight Crime.

De hecho hoy las pandillas, en concreto la MS13, es menos vertical que antes y durante la tregua. El poder incuestionable de los grupos en prisión ha dado paso a un grado mayor de autonomía a nivel local, a nivel de clicas.

Hace una semana el señor Farah volvió a presentar un informe, esta vez para la revista Foreign Policy, el cual fue reproducido en InSight Crime.  Esta vez el autor habla de un salvajismo rampante entre las pandillas centroamericanas, las cuales “decapitan, descuartizan y violan de forma sistemática” entregados a una brutalidad sin precedentes y a una sed de sangre cada vez más barbárica.

En este último artículo, el autor expone una relación directa entre las pandillas y estructuras del crimen organizado. Sobre todo, Farah encuentra una relación muy cercana entre la Mara Salvatrucha 13 (MS13) y los grandes carteles de la droga del norte de México.

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El autor no sólo no aporta pruebas, documentos o alguna cosa que nos permita creerle, sino que además afirma que fue en el seno de esta relación en donde se fraguó el proceso de entendimiento entre las pandillas y el Estado salvadoreño, conocido como “la tregua”. Según el artículo, este proceso buscaba generar un clima propicio para el traslado de cocaína por El Salvador rumbo a Estados Unidos. El autor va más allá, llega incluso a decir que la tregua se desarrolló a “instancias de narcotraficantes locales”, nuevamente sin especificar cuáles.

Las apreciaciones de Farah no son gratuitas. Farah tiene una voz poderosa por su larga trayectoria como periodista del Washington Post y conocedor de temas de narcotráfico y pandillas en la región. Ha escrito varios libros, da testimonios frecuentes al congreso de Estados Unidos y actualmente maneja una consultoría que se presta para hacer estudios para el gobierno de los Estados Unidos —entre otros clientes— que generan un eco en la comunidad internacional.

Pero no es por ello que me opongo a su análisis, sino por lo que percibo que es una falta rigurosidad en la investigación en sí y una tendencia hacia el sofisma y el tinte ideológico de su trabajo para deformar la política pública hacia las pandillas.

Los mitos sobre la tregua

Es innegable que el proceso de pacificación y diálogo entra las pandillas y el Estado salvadoreño, conocido popularmente como “la tregua”,  reconfiguró el mundo sociocultural  de las pandillas. Efectivamente, las pandillas se volvieron en 2012 y 2013 estructuras más verticales. Por primera vez fueron una estructura con cabezas cuerpo y patas, siendo las cabezas los grupos de poder al interior de los centros penales conocidos como “ranflas” con quienes los delegados del gobierno organizaron el proceso en marzo de 2012.

Estos grupos, tanto al interior de la MS13 como al interior de la pandilla Barrio 18 — los rivales por excelencia de la MS 13 — desde el sur de California hasta el triángulo norte de Centroamérica, estaban constituidos por hombres arriba de los treinta años, que salvo pocas excepciones habían sido deportados de Estados Unidos, casi todos de la ciudad de Los Ángeles, y que habían sido líderes de “clicas” o células de pandillas antes de ser detenidos. Es decir que gozaban del reconocimiento de los pandilleros de calle.

Sin embargo el proceso duró muy poco, apenas dos años. Luego el cambio de gabinete de seguridad, la persecución por parte de la Fiscalía General de la Republica hacia los mediadores e interlocutores de ambas pandillas, la falta de apoyo del ejecutivo, contradicciones en cuanto a la política pública de seguridad y fricciones internas en las pandillas, terminaron desmoronando el proceso. Para finales de 2013 y principios de 2014, ya de la tregua no quedaba más que un mal nombre.

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La verdad es que como suele suceder con los procesos “artificiales” — es decir que no parten de las aspiraciones reales y  legítimas de los grupos sociales — no soportan el embate de las adversidades. Los vasos comunicantes entre las clicas o células de las pandillas con los grupos de poder se fueron debilitando producto de la persecución y producto de nuevos traslados de los cabecillas al interior del sistema penitenciario.

De hecho hoy las pandillas, en concreto la MS13, es menos vertical que antes y durante la tregua. El poder incuestionable de los grupos en prisión ha dado paso a un grado mayor de autonomía a nivel local, a nivel de clicas.

La mayoría de las células o clicas de la MS13 están conformadas por chicos de entre 14 y 25 años cuya apuesta fundamental aun sigue siendo el mantenimiento de un sistema de agresiones reciprocas contra las clicas del Barrio 18 más cercanas

En los dos años después de la tregua es claro que las pandillas cambiaron, se reestructuraron en algunas cosas y se diluyeron en otras. Y si bien es cierto que las pandillas ahora tienen “interés” en la política, no es en el sentido que se expone en el artículo en cuestión, sino más  bien se trata de una conciencia cada vez mayor de la necesidad de posicionarse como grupo  en el juego de poder nacional.

Con esto no se quiere decir que no haya células o estructuras de la MS13 relacionadas con el tráfico de droga. Claro que las hay. La Clica Sancocos Locos de Sonsonate, la célebre Fulton Locos de Nueva Concepción, Chalatenango, y la Normandie Locos al mando de Moris Alexander Bercian Manchón, mejor conocido como “Barney” son unos ejemplos.

Sin embargo, casos como estos son aislados. La mayoría de las células o clicas de la MS13 están conformadas por chicos de entre 14 y 25 años cuya apuesta fundamental aun sigue siendo el mantenimiento de un sistema de agresiones reciprocas contra las clicas del Barrio 18 más cercanas. En esta afirmación se aceptan mil matices y variantes según territorio, así de poco vertical es la estructura de la pandilla, lo que es un hecho es que la MS13 no es un eslabón importante en el tráfico de cocaína hacia los Estado Unidos como lo dice de forma reiterativa en sus textos Farah, como lo ha querido exponer la policía salvadoreña  y en su momento el Departamento del Tesoro de Estados Unidos.

Mentiras y fantasmas del pasado

Con relación a la violencia también vemos reproducidos algunos mitos en el trabajo de Farah. Uno de los más sobresalientes es cuando dice que:

El Instituto de Medicina Legal (IML), el organismo forense bajo la regencia de la Corte Suprema de El Salvador, halló que aunque se informaba de más de 800 homicidios menos, el número de “desaparecidos” —término que produjo un profundo impacto sicológico a comienzos de la guerra civil en el país— había crecido en un número casi idéntico. Muchos de los “desaparecidos” habían sido enterrados en cementerios clandestinos. La exhumación de esas tumbas simplemente desbordó el sistema, y los esfuerzos por identificar los cuerpos se abandonaron en su mayor parte.

Acá se trata de una mentira llana, sin matices. De hecho la verdad es todo lo contrario. Durante la tregua no solo hubieron 800 homicidios menos.  La proyección real nos habla de más de 5.000 que no fueron asesinadas en los dos años afectados por el proceso. Los desaparecidos de hecho se redujeron considerablemente. 

En general podemos decir que ha sido muy frecuente en la literatura “especializada” este tipo de paralelismos poco sustentados o radicalmente falsos.

 En este caso es difícil sacar estimaciones exactas. Desaparición forzada es un delito que debe de ser denunciado por los familiares y con base en esto se elaboran  las estadísticas.  Probablemente podemos inferir que durante la tregua se denunciaron menos, quizá el numero se mantuvo igual, quizá se incrementó levemente o incluso quizá efectivamente se redujo un poco.

Pero asegurar que el número se incrementó, y que fueron de hecho 800 los desaparecidos, es del todo irresponsable, y poco profesional. Siendo estos datos bastante comunes dentro de las redes de académicos e intelectuales que trabajan el fenómeno de la violencia, lo que en todo caso podemos inferir es que ignorarlos tiene que ver con una línea política que va encaminada o pretende acompañar ciertas medidas o políticas públicas.

Islamisación y producción tendenciosa  de la MS13

A la MS13 se le ha tratado de combinar con varias estructuras a lo largo de la historia. Las élites salvadoreñas en varias ocasiones han abanderado la idea de las pandillas como “hijos naturales” de las guerrillas de los años ochenta. Los grupos de izquierda por su lado comparan a las pandillas con los “escuadrones de la muerte” financiados por las élites en los mismos años ochentas (llegando al grado de decir que son precisamente estas élites quienes financian  a la MS13).

En la academia no han faltado las lamentables comparaciones con otras estructuras, como la de los periodistas Jorge Fernández y Víctor Ronquillo  quienes escribieron el libro “De los Maras a Los Zetas: los secretos del narcotráfico, de Colombia a Chicago”. En general podemos decir que ha sido muy frecuente en la literatura “especializada” este tipo de paralelismos poco sustentados o radicalmente falsos.

De hecho, el artículo estimula una lógica casi exclusivamente represiva en contra del fenómeno, ya que plantea a los pandilleros como poco menos que una oleada de salvajes armados acercándose cada vez más a la muralla estadounidense

En su artículo Farah va todavía más allá. Según él, la MS13 está influenciada por grupos terroristas a nivel mundial. Esa influencia se da a través de la impresión de unos manuales descargados de Internet en donde se supone que unos pandilleros adolescentes aprenden las terroríficas prácticas del Estado Islámico (EI), Al Qaeda, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

El señor Farah matiza diciendo que esto no implica relación, sin embargo dice que  debemos tener cuidado ya que, “La MS13 está estudiando activamente la literatura de los grupos terroristas para aprender de ellos.” 

En el siguiente párrafo remarca que:

Hay algunas semejanzas sorprendentes entre algunos [miembros] de la MS13 y del Estado Islámico. Al igual que ese movimiento, las pandillas reclutan principalmente a jóvenes desempleados con pocas oportunidades económicas, tanto en persona como a través de las redes sociales. Los reclutadores prometen una vida con un propósito y una oportunidad de ser parte de algo más grande que uno solo.

En realidad, bajo esta descripción encontraremos “impresionantes” similitudes entre la MS13 y casi cualquier estructura criminal del mundo, la mayor parte de los partidos políticos, todas las sectas religiosas y el mismísimo ejército de los Estados Unidos de América. No. Farah, eligió buscar sus forzadas similitudes con EI y Al Qaeda, a sabiendas del triste lastre que acarrea está última estructura en las mentes de los estadounidenses a partir del 11 de septiembre de 2001. Poderosas las palabras pueden ser. Peligrosas cuando el objetivo es generar el terror y la pandemia.

¿Una agenda política?

El marco coyuntural del artículo es el incremento de migración a Estados Unidos. Farah inicia diciendo: “La posible llegada de unos cuantos miles de refugiados sirios a Estados Unidos ha causado una tormenta política, pero hay una crisis humanitaria mucho más grave gestándose en la frontera sur de Estados Unidos”.

Farah, a pesar de que en algunos foros y eventos públicos se ha mostrado a favor de la causa migrante, parece no darse cuenta que dar detalles como los antes mencionados generan el sentido contrario y pueden cerrar puertas a los miles de migrantes que están huyendo la violencia pandilleril. En su mayoría esos migrantes son jóvenes y adolescentes, la población más estigmatizada.

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De hecho, el artículo estimula  una lógica casi exclusivamente represiva en contra del fenómeno, ya que plantea a los pandilleros como poco menos que una oleada de salvajes armados acercándose cada vez más a la muralla estadounidense, sin exponer ningún tipo de explicación del fenómeno desde alguna trinchera teórica, sin hacer alusión a la abundante literatura académica y periodística sobre la naturaleza de estos grupos y sin hacer un esfuerzo por acercarse al entendimiento sistémico, histórico y holístico del fenómeno.

En definitiva considero que no es, o no debería ser, este el papel de la comunidad intelectual estudiosa del fenómeno de pandillas y violencia. Estamos en un contexto internacional muy complejo, dividido y especialmente violento, en donde la sociedad estadounidense, desde décadas atrás temerosa de un medio oriente fundamentalista y “anti yankee”, no necesita de más voceros del terror. Recordemos que la activación de las alarmas genera pánico y este es caldo de cultivo para políticas públicas peligrosas y violentas, que si bien comienzan desde las fronteras de Estados Unidos terminan en las comunidades marginales de El Salvador.

* Martínez D´aubuisson es antropólogo sociocultural por la Universidad Nacional de El Salvador. Es autor del libro “Ver, oír y callar. Un año con la Mara Salvatrucha 13” y coautor de “Crónicas Negras. Desde una región que no cuenta”. Actualmente es investigador asociado del Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación (ICTI), y colaborador de InSight Crime.

Este artículo fue editado y publicado con permiso, pero no necesariamente refleja la opinión de InSight Crime. 

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