Terrorismo Islámico y Crimen Organizado en América Latina

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Grupos de terroristas y militantes islámicos no parecen estar activamente presentes en América Latina, pero la posibilidad de que desarrollen lazos estratégicos con organizaciones  narcotraficantes es una amenaza seria para la seguridad en el hemisferio.

El 31 de Julio, el Departamento de Estado de Estados Unidos, publicó su reporte anual sobre terrorismo (Country Reports on Terrorism for 2011), el cual perfila las actividades terroristas en diferentes países. En el Hemisferio Occidental, el Departamento de Estado documentó una tendencia preocupante: una continuidad de cinco años en ataques terroristas. El reporte señala que 480 ataques fueron llevados a cabo en el hemisferio en 2011, 40 por ciento más que en 2010.

Mientras a primera vista podría parecer una señal de alarma, la estadística no es lo que parece. El reporte clasifica ataques a objetivos militares como ataques terroristas y, de acuerdo a investigadores del Departamento de Estado, la “gran mayoría” de estos incidentes fueron el trabajo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el grupo rebelde más grande y antiguo de Colombia. El reporte no discrimina el número de ataques por objetivo en la región, pero debido a que las FARC aumentaron su ofensiva militar en 2011, es probable que el aumento en la actividad terrorista se deba más a ataques hacia las fuerzas de seguridad que a ataques en contra de poblaciones civiles.

Esta es una diferenciación importante que se debe hacer, ya que el espectro del terrorismo en América Latina es un tema neurálgico al interior de los círculos de hacedores de políticas públicas estadounidenses. En un reflejo de la mentalidad de seguridad post 11 de septiembre (de 2001), gran parte de la atención se ha enfocado en la presencia de organizaciones terroristas islámicas en la región.

Por ejemplo, en septiembre de 2011, la precandidata presidencial Michelle Bachman causó conmoción al ir en contra de la propuesta de normalizar relaciones con Cuba debido a una supuesta presencia de ”depósitos de misiles” del Hezbolá en la isla. El ex diplomático estadounidense, Roger Noriega, y José R. Cárdenas de Foreign Policy, también han alzado sus voces de preocupación sobre la influencia de grupos terroristas islámicos, escribiendo en conjunto un documento para el American Enterprise Institute, llamado “La creciente amenaza del Hezbolá en América Latina” ( “The Mounting Hezbollah Threat in Latin America”); en el cual se señala a Venezuela como el “principal santuario” para el grupo libanés.

Como lo ha señalado InSight Crime, gran parte de esta alarma es exagerada, si no completamente injustificada, y aparentemente el Departamento de Estado está de acuerdo. Una sección en el reporte sobre terrorismo en América Latina, señala que en 2011 “no hubo células operacionales ni de Al-Qaeda o del Hezbolá en el hemisferio, aunque simpatizantes ideológicos en Suramérica y el Caribe continúan proveyendo apoyo financiero e ideológico a esos grupos terroristas en el Medio Oriente y el Sudeste Asiático”.

Podría ser más relevante examinar la naturaleza de estos apoyos financieros e ideológicos, que continuar el debate politizado sobre la presencia de células terroristas islámicas en el hemisferio. En años recientes, ha emergido evidencia de que grupos como el Hezbolá compartirían algunas redes de apoyo financiero con grandes organizaciones criminales en el hemisferio. En diciembre de 2011, autoridades estadounidenses acusaron a un hombre libanés por proveer al Cartel de los Zetas con cocaína colombiana, y recientemente acusaron a varias personas libanesas con lazos al Hezbolá en Venezuela y Colombia por cargos relacionados con lavado de activos.

Esto podría marcar una tendencia. El experto en seguridad en Latinoamérica, Douglas Farah, argumenta que las organizaciones narcotraficantes y los grupos terroristas en el hemisferio, se encuentran usando de manera más común a los mismos intermediarios para obtener armas, lavar activos y mover productos ilegales entre las fronteras a través de “redes terroristas y criminales”. Según Farah, estas conexiones son comúnmente asociaciones temporales, basadas en la necesidad, cambiando y evolucionando constantemente. Esto significaría que los vínculos del Hezbolá con grupos narcotraficantes como los Zetas –de existir en serio– son acuerdos a corto plazo, más que asociaciones estratégicas. Tanto el Hezbolá como los carteles de la droga, dependen de expertos que puedan transferir y legalizar internacionalmente fondos ilegales; estos “super-fixers” (como los llama Farah) están motivados por incentivos económicos más que ideológicos.

Pero, también hay reportes de una relación más directa entre carteles de la droga y grupos militantes islámicos, como el presunto plan por la Guardia Revolucionaria Islámica en 2011, para contratar miembros de los Zetas para asesinar al Embajador Saudí en Washington. Como lo señaló InSight Crime en ese momento, los detalles del plan eran superficiales y poco precisos, pero si hay algún elemento de verdad en esta historia eso sí sería preocupante.

Si la relación entre grupos narcotraficantes y los terroristas islámicos evolucionara a una asociación estratégica a largo plazo, posiblemente involucrando militantes islámicos trabajando de la mano de redes criminales para organizar ataques, es posible que suceda en el Cono Sur y no en México o Venezuela. La Triple Frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina ha sido un epicentro para el apoyo a grupos terroristas islámicos, debido a la gran comunidad de inmigrantes árabes que allí se encuentran. Los investigadores del gobierno estadounidense han identificado la presencia tanto del Hezbolá como de Al-Qaeda en el área de la Triple Frontera y creen que la zona es “altamente propicia para el establecimiento de células durmientes”. El débil imperio de la ley en la región, la convierten en un corredor ideal para contrabandear, mover drogas y bienes falsificados, lo cual atrae a las organizaciones criminales. Esta es una mezcla peligrosa y puede ser una gran amenaza en la seguridad del hemisferio, especialmente si Argentina continua convirtiéndose en un paraíso para los grandes capos.

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