Textiles y crimen organizado: cómo los productos de uso cotidiano generan ganancias criminales

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Dos casos recientes en puntos extremos de Suramérica muestran cómo actividades criminales tan diversas como el contrabando y la trata de personas pueden converger en torno a un simple producto cotidiano: los textiles.

A finales de abril, policías y fiscales colombianos capturaron a seis personas acusadas de utilizar una red de compañías fachada para ocultar una multimillonaria red de contrabando y lavado de dinero.

Según los fiscales, la red estableció cinco negocios aparentemente legítimos, entre ellos dos de los mayores exportadores de ropa de Colombia, que fueron utilizados para explotar los vacíos tributarios y aduaneros en una operación de “contrabando técnico” (tráfico de productos a través de canales legales pero con documentos fraudulentos).

Su presunto modus operandi consistía en importar tela de China y Taiwán para supuestamente convertirla en ropa en Colombia y luego exportarla a Venezuela y Guatemala. Esto les permitía a las empresas ingresar la tela al país sin pagar impuestos y aranceles, amparadas por un programa gubernamental diseñado para reducir los costos de importación de materias primas para la manufactura, con el fin de estimular la producción nacional y las exportaciones.

Sin embargo, los procesos de fabricación y exportación de la compañía eran totalmente ficticios, según el caso en su contra, dado que las empresas utilizaban contratos de fabricación falsos y simulaban exportaciones con documentos aduaneros adquiridos ilegalmente. Y, por el contrario, la tela era vendida en los mercados locales, afectando la competencia legal.

Los sospechosos de participar en el caso enfrentan cargos de lavado de dinero, contrabando, enriquecimiento ilícito, concierto para delinquir, exportación ficticia, fraude agravado, falsedad en documento público y falsedad en documento privado.

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Por otro lado, en Argentina, la muerte de dos niños en un incendio ha llamado la atención sobre los talleres textiles clandestinos en el país, que son focos de trata de personas.

Los dos hermanos, de siete y diez años de edad, quedaron atrapados en el sótano de una casa usada como taller en el centro de Buenos Aires, donde vivían con su familia y otra familia más, informó Clarín. Según informes de prensa, el dueño del taller era peruano y los trabajadores eran inmigrantes bolivianos.

La tragedia ha llamado la atención sobre los talleres de textiles ilegales en Argentina, los cuales, según las investigaciones de Clarín, están dirigidos por redes criminales que alquilan, compran o invaden casas y luego las usan como talleres y viviendas improvisadas para los trabajadores. La mayoría de los trabajadores son bolivianos y están obligados a trabajar largas jornadas en malas condiciones y con bajos salarios. Algunos son víctimas de la trata de personas y muchos talleres también hacen trabajar a los menores, según informó Clarín.

La mayor parte de las mercancía era vendida en La Salada, un mercado que tiene la fama de ser uno de los puntos de venta más grandes del mundo para bienes de contrabando y productos falsificados.

Análisis de InSight Crime

Aunque los casos de Colombia y Argentina se refieren a dos actividades delictivas muy diferentes, con diversos impactos sociales y económicos, ambos ponen de relieve cómo las redes de crimen organizado pueden beneficiarse del más simple de los productos.

A diferencia de las drogas, los textiles y las prendas de vestir son productos legales, comprados por toda la población y cuyo uso no hace ningún daño en sí mismo, pero aun así las economías detrás de la producción, el transporte y la venta crean oportunidades delictivas y pueden conducir a la violencia.

En Colombia, según la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (DIAN), el contrabando técnico como el que aparentemente empleaba la red recientemente desmantelada es responsable del 76 por ciento del contrabando, y está cada vez más vinculado con el lavado de las ganancias del narcotráfico y otras actividades criminales. Los textiles y la ropa son los productos contrabandeados con mayor frecuencia, y en 2014 la Policía Fiscal y Aduanera (POLFA) decomisó más de US$26,8 millones en prendas y US$3,6 millones en telas, las cuales, en conjunto, representaron casi un tercio del valor total de todas las incautaciones de contrabando.

El caso de Argentina también ilustra una tendencia más amplia. Según las investigaciones de La Alameda, una organización no gubernamental local liderada por el político Gustavo Vera, hay casi 50.000 talleres clandestinos que abastecen el mercado de La Salada, de los cuales la organización ha denunciado hasta 3.000 a las autoridades.

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Sin embargo, Colombia y Argentina no son precisamente ejemplos aislados. En el continente americano, numerosos países tienen prósperos negocios de contrabando de mercancías como textiles y ropa; los ejemplos más destacados son las caravanas de contrabando conocidas como “La Culebra del Norte” que llevan mercancías importadas desde Chile hasta Bolivia y Perú. Los talleres textiles ilegales también son una actividad criminal común y suelen ser los destinos de las víctimas de la trata de personas en diferentes partes del continente.

Tampoco son los delincuentes latinoamericanos los únicos que se benefician del comercio de textiles; hay ejemplos en todo el mundo, como las mafias chinas e italianas, que tienen intereses similares en la industria textil.

El atractivo que los grupos criminales encuentran en esta industria está probablemente vinculado tanto a la naturaleza del producto como a las oportunidades generadas por el comercio global.

Los textiles y las prendas de vestir son productos universalmente utilizados y tienen enormes mercados. En regiones como Latinoamérica y otras áreas con alta desigualdad y bajo desarrollo económico, el mercado informal es con frecuencia la principal fuente de vestuario para grandes sectores de la población, lo cual ofrece una ruta fácil para deshacerse de bienes ilegales sin atraer la atención de las autoridades.

Las rutas del comercio global, siempre en expansión y cada vez más interconectadas, también ofrecen oportunidades para las empresas de grupos criminales. El aumento de la manufactura barata en países como China crea incentivos económicos que se refuerzan con regímenes de impuestos y aduanas manipulados; por otro lado, las enormes cantidades de mercancías que circulan dentro y fuera de los puertos internacionales facilita camuflar los movimientos ilegales de productos, especialmente cuando esos productos son legales.

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