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La cabeza del jaguar yace exánime sobre la parte trasera de un cuatriciclo. Una pata inerte extendida sobre un lodoso neumático extragrande ofrece una pista de lo que fue su masa y poder.

Hay una joven parada detrás del cadáver del felino, atado a la carrocería del cuatriciclo. Hace con su mano un gesto de paz y amor y sonríe para la cámara.

En años recientes, han circulado fotos trofeo de jaguares cazados en Surinam como una manera de atraer a potenciales compradores de la comunidad china local, comenta Vanessa Kadosoe, investigadora de los jaguares en el Instituto para la Vida Silvestre Neotropical y los Estudios Ambientales (NeoWild). Una mujer, recuerda, alegaba que había matado a un jaguar para proteger su ganado, y luego intentó vender su cadáver por Facebook.

Esas imágenes circulaban libremente en las redes sociales hasta hace unos dos años, cuando la atención de los medios de comunicación internacionales se fijó en la caza furtiva de jaguares. Ahora se comparten fotos similares de manera clandestina por medio de la aplicación de mensajería WhatsApp, y su equivalente chino, WeChat, explica Nicholas Bruschi, experto en el tráfico de jaguares con la organización para el bienestar animal World Animal Protection.

El incremento de la caza furtiva de jaguares en Surinam ofrece una lección sobre cómo puede surgir una red de tráfico de vida silvestre de manera oportunista cuando los intereses confluyen; en este caso, la minería, la tala y la inversión china, junto con la falta de vigilancia de los delitos contra la vida silvestre. La cadena conecta este pequeño país suramericano con los vastos mercados negros asiáticos que por mucho tiempo han valorado los productos medicinales elaborados a partir de grandes felinos, en especial los tigres, que ahora escasean.

La cadena comienza con los mineros, taladores y cazadores que se topan con un jaguar en lo profundo de la selva amazónica, o con cazadores furtivos experimentados que salen a cazar un jaguar “en el caso improbable de que puedan venderlo, o si ya tienen un comprador en espera”, como le relató Bruschi a InSight Crime.

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El animal es cazado y vendido a los comerciantes chinos locales que se instalan alrededor de los campamentos mineros. Los compradores negocian el animal con los procesadores en Paramaribo, la capital de Surinam, quienes lo cuecen hasta reducirlo a una especie de pasta que posteriormente se sustrae del país y finalmente llega a Asia.

“Creemos que el tráfico es mucho mayor de lo que vemos”, dijo Bruschi. “Ha sido un punto ciego en los últimos años”.

Caza furtiva de jaguares en el ‘interior’

En Surinam, la mejor defensa de un jaguar contra la caza furtiva fue hasta hace poco tiempo su hábitat: una gran región selvática conocida simplemente como el “interior” por los locales.

Pero los intereses de minería de oro y tala de árboles se han introducido en la densa jungla amazónica que cubre más del 90 por ciento del país. Desde la ventana del pasajero de un avión puede verse con facilidad la tierra café reseca desprovista del dosel arbóreo.

Para el 2018, el oro representó US$1.770 millones, casi el 70 por ciento, de las ganancias por exportaciones en Surinam. La extracción de oro —tanto legal como ilegal— se realiza en su mayor parte en excavaciones mineras a pequeña escala. 

La búsqueda de nuevos depósitos auríferos ha incitado a los mineros —en particular los locales y los brasileños, conocidos como “garimpeiros”— a adentrarse más en la selva, lo que aumenta sus posibilidades de toparse con un jaguar, advierte Kadosoe, de NeoWild.

“Hay una relación muy estrecha entre la minería y la caza de jaguares”, señaló.

Los mineros saben que pueden vender los animales muertos a los comerciantes chinos que siguen a los campamentos de extracción. El precio suele acordarse en gramos de oro, apunta Kadosoe.

Los ganaderos también suelen matar jaguares que acechan a su ganado o merodean cerca de los asentamientos, y algunos cazadores “los cazan de manera oportunista cuando se los encuentran en la selva, ya que un jaguar muerto financiará su empresa de caza”, denuncia Pauline Verheij, experta independiente en delitos contra la vida silvestre, quien ha investigado el tráfico de jaguares en Surinam y Bolivia. Verheij también ha conocido informaciones de cazadores especializados en la caza furtiva de grandes felinos, que los atraen con carnadas vivas, como cabritos o perros.

Al sur de Surinam hay tres poblados en línea que cruzan el territorio: Pelelu Tepu, Benzdorp y Kwamalasamutu, que los conservacionistas han considerado puntos álgidos de la caza de jaguares. Estas regiones del Amazonas, que también se mencionan en un informe de 2019 del Comité Nacional de los Países Bajos sobre caza furtiva y tráfico de vida silvestre en Bolivia y Surinam, también son el hogar de comunidades afrosurinamesas e indígenas que tienen la costumbre de cazar jaguares, dicen los conservacionistas.

A las comunidades pobres que viven en la selva, un jaguar muerto les reporta una buena suma de dinero.

“El dinero es difícil de ganar, y ellos saben que hay compradores dispuestos. Justifican la caza diciendo que les permite comprar equipos o alimentar a sus familias”, explica Bruschi.

“Los cazadores dicen que todo el mundo sabe que los chinos buscan jaguares”, comenta.

Del cadáver a la pasta

Hasta los años setenta, la caza de jaguares para la venta de sus pieles era legal en el Amazonas. Se mataron cerca de 180.000 jaguares en el Amazonas brasileño para cubrir las demandas del tráfico de pieles que luego se despachaban en grandes cantidades hacia Estados Unidos y Europa.

Ahora, lo más preciado es el cuerpo del jaguar: cocido hasta convertirlo en una pasta usada en la medicina tradicional china. De olor repugnante y con consistencia de melaza, se dice que la pasta sana el dolor de articulaciones, mejora la salud y potencia el vigor sexual.

La pasta es elaborada en Paramaribo, capital de Surinam. Los compradores chinos de cadáveres de jaguar los llevan a la ciudad, muchas veces pasando un cuerpo entre varios vehículos hasta llegar a los procesadores de pasta, según un artículo de investigación publicado en agosto de 2019 en la revista Crime Science. Los colmillos y las garras son lo primero que se retira, pues se usan en joyería. Esos artículos se vendían en tiendas locales por US$200 en 2019, según Kadosoe, aunque el precio puede haber subido.

Posteriormente se cuece el jaguar. Partido en grandes sartenes, el cadáver se cocina durante cinco días. Las capas, que finalmente comienzan a formarse en la superficie bullente del agua, se van sacando y se dejan hervir a fuego lento por dos días más, señalan los investigadores.

“Los huesos se conservan con el cuerpo, porque se cree que son potentes”, explica Bruschi. “El pene y otros órganos se usan generalmente para elaborar otros productos, pero la pasta de jaguar es atractiva porque incluye los huesos y el pene en un solo producto”.

La sustancia pegajosa se empaca en potes de 500 miligramos. Un solo jaguar por lo general producirá entre 20 y 30 de ellos, según el tamaño del felino.

Según Els van Lavieren, de la oficina en Surinam de la organización para la protección animal Conservation International, un pote de pasta de jaguar se vende en cerca de US$180 en el mercado local. En China, el mismo pote alcanza los US$3.000.

Por muchos años, la medicina tradicional china ha usado partes de tigre, incluidos los huesos. Con la disminución de la población de tigres a unos 4.000 animales, algunos conservacionistas apuntan que partes de jaguar se han convertido en sustitutos.

En 2018, se estimaba que la población mundial aproximada de jaguares sumaba unos 173.000 ejemplares. En Surinam, donde los jaguares son una especie protegida, se desconocen las cifras de la población, señala Kadosoe, por la falta de financiación para un censo nacional.

“Hay rumores de que se cazan jaguares cada cierto número de semanas por temporadas, solo en Surinam”, comentó Bruschi, y añadió que la caza furtiva de jaguares también es común en Bolivia, Brasil y otros países. “Si se está viendo ese volumen de caza furtiva, es posible que se estén usando los productos de jaguar como sustitutos de los tigres”.

La cadena de tráfico hacia China

La inversión y la migración chinas han convergido en Surinam, sentando los elementos para el desarrollo de una cadena de tráfico entre el país —una plataforma de selva tropical incrustada entre Guyana, Guayana Francesa y Brasil— y Asia.

Surinam recibió una oleada de inmigrantes chinos que ha crecido sustancialmente desde la década de 1990. China cultivó lazos con el gobierno de Surinam bajo el mandato del expresidente Desiré Bouterse, controvertida figura que perdió las elecciones este año. En el gobierno de Bouterse, la deuda de Surinam con China alcanzó los mil millones de dólares, una cuarta parte del producto interno bruto del país.

Actualmente hay empresas chinas construyendo autopistas en Paramaribo, dragando el río Surinam, modernizando el principal aeropuerto internacional, y dotando al país de infraestructura de internet de banda ancha. A su vez, China busca adquirir los codiciados recursos naturales del país: la estatal China Gold International Resources Corp. tiene interés en adquirir la mina Rosebel, la primera mina de oro a cielo abierto a gran escala en Surinam.

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En la superficie, esas inversiones parecerían tener poco que ver con la caza furtiva del jaguar. Pero investigaciones recientes han hallado que la inversión china en países suramericanos tiene relación con aumento del tráfico de jaguares, según un estudio publicado en junio en la revista Conservation Biology.

Usando una base de datos con noticias de decomisos de jaguares y partes de jaguar en Centro y Sur América, los investigadores calcularon que entre 2012 y 2018 se cazaron 857 jaguares para el tráfico ilegal. En ese lapso, los informes de incautaciones de partes de jaguar, incluidos sus dientes, piel y cráneos, aumentaron 500 por ciento, según el estudio dirigido por Thais Morcatty, de la Universidad Oxford Brookes de Inglaterra.

Al comparar el ingreso nacional bruto per cápita de los países, su calificación en el índice de percepción de corrupción, la población china, las exportaciones a ese país y la inversión privada china, los investigadores establecieron que los países con niveles de corrupción relativamente altos, inversiones chinas y bajo ingreso per cápita presentaban 10 a 50 veces más decomisos de jaguares que el resto.

“La relación positiva entre el número de jaguares incautados y el volumen de inversión privada china pueden ser un indicador de que la cadena del mercado legal puede proporcionar la estructura para la cadena ilegal”, escribieron Morcatty y sus colegas en el artículo.

El estudio no halló una relación importante entre el número de residentes chinos y el tráfico de jaguar, lo que indica que esta economía criminal tiene relación con afluencias más recientes de extranjeros que “pueden conservar contactos actualizados con el mercado asiático”, mientras que las comunidades chinas establecidas de tiempo atrás pueden haberse integrado y tener “menos contacto con personas de su país de origen”, anotaron los investigadores.

En Surinam, los inmigrantes chinos establecidos han abierto empresas, mercados, casinos y restaurantes, mientras que los llegados más recientemente incluyen obreros para la construcción de megaproyectos y la extracción de recursos naturales.

“Es más complicado que culpar a los chinos o afirmar que todos los chinos están implicados”, advirtió Bruschi. “Más bien, es un segmento de las comunidades chinas que han estado llegando en las dos últimas décadas, siguiendo la inversión, que tienen elementos de mafia o grupos criminales organizados”.

Miembros prominentes de la comunidad sino-surinamesa han hecho intentos por detener el tráfico y organizaciones no gubernamentales han fomentado la conciencia y lanzado campañas en los medios sobre la caza furtiva de jaguares y el contrabando de partes de jaguar. Pero hay una grave falta de vigilancia. No ha habido un solo procesado por caza furtiva de jaguar ni por su tráfico, señaló Verheij, la experta en crímenes contra la vida silvestre. En un contexto así no se necesitan siquiera esquemas de contrabando complejos, pues los productos de jaguar muchas veces se sacan simplemente en el equipaje de los trabajadores que regresan a casa.

Aunque las penas para este tipo de delitos se establecen entre cuatro y seis años de prisión, los pocos casos en los que las autoridades han interceptado a contrabandistas con partes de jaguar no han ido más allá de una multa, señala Verheij. Por ejemplo, en 2018, las autoridades detuvieron a tres viajeros chinos en el aeropuerto de Surinam por tratar de contrabandear 19 colmillos de jaguar, con algunos de los cuales se habían elaborado joyas, más oro sin refinar. Pero salieron libres luego de pagar una multa, según una nota de un medio de Surinam. 

Y ese es uno de los raros casos en los que atraparon a los contrabandistas. Los colmillos son fáciles de identificar, la pasta no.

“Un ungüento de apariencia parduzca no despierta sospechas para la mayoría de los agentes de aduanas”, dijo. “Y si las despierta, es muy difícil hacer la conexión con un delito ecológico”.

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