‘Triple frontera’ de Netflix: otro filme sobre narcos que quizá no reciba galardones

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Con un guion poco convincente y una narración en la que los elementos del narcotráfico aparecen forzados, Triple frontera no es más que otra película de acción que intenta sobresalir en la oleada de series exitosas como “Narcos” y otras producciones populares que abordan esta misma temática. Y es una lástima que así sea, pues el hecho de que la historia se desarrolle en uno de los focos del crimen organizado en Latinoamérica parecía una idea prometedora.

“Los efectos de cometer violencia extrema contra otros seres humanos son biológicos y fisiológicos. Ese es el precio de ser un guerrero”, le dice un exsoldado venido a menos a un puñado de uniformados en una academia militar estadounidense.

La escena inicial de Triple frontera genera expectativas en el público, que quedan insatisfechas a lo largo del filme. El título anuncia que el escenario de la película será la triple frontera que comparten Paraguay, Brasil y Argentina, por lo que es comprensible que los espectadores supongamos que nos llevará por un viaje a lo profundo de una zona de alta actividad criminal, aunque relativamente desconocida.

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¿Hace referencia el filme a los recurrentes rumores de que en aquella zona de lavado de dinero confluyen el terrorismo islámico y el narcotráfico? ¿Muestra cómo las poderosas pandillas de Brasil invaden los territorios de los criminales paraguayos? ¿Aprovecha el hecho de que la trama se desarrolla en la triple frontera para mostrar el lado sucio y oscuro de los programas antinarcóticos militarizados, como bien lo hizo Sicario, la película de temática narco que la antecedió? No logra nada de esto, a pesar de las dos largas horas que dura la película.

Un error de geografía elemental

A las producciones de Hollywood se les pueden perdonar algunas lagunas cuando se trata del tráfico de drogas en Latinoamérica. Es algo incluso previsible. Pero Triple frontera incurre en unos niveles de incoherencia tales que uno se pregunta si se hizo algún estudio para entender la región y su dinámica criminal.

La premisa del trasfondo geográfico es cuando menos desconcertante. La triple frontera es uno de los peores focos de lavado de dinero en Latinoamérica. Allí los criminales pueden elegir blanquear sus ganancias ilícitas a través de las instituciones financieras, el contrabando o los esquemas de cambio de divisas, entre muchas otras formas. Sin embargo, un poderoso capo de la droga decide esconder cientos de millones de dinero en efectivo en una casa en medio de la selva, porque “no confía en los bancos”. Con lo que no contaba es con que varios exsoldados de las fuerzas especiales de Estados Unidos, descontentos con su situación, llegan hasta su casa, lo asesinan y se apoderan de su dinero.

¿Por qué entonces elegir la triple frontera como escenario de los hechos? ¿Por qué darle este nombre a la película? Sin duda fue para seguir la tendencia de las más recientes producciones sobre el tema de las drogas, ya que esta zona no había aparecido en ninguna de ellas. La película no menciona la marihuana, a pesar de que Paraguay es el principal productor de la planta en Suramérica y de que la triple frontera es un sitio clave para el tráfico de drogas hacia Brasil y Argentina. Pero el lugar elegido para el atraco hace que la trama caiga en un total sinsentido geográfico.

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Después de subir más de 2 toneladas de billetes a una camioneta, los protagonistas conducen hasta una pista de aterrizaje supuestamente cercana para abordar un antiguo helicóptero militar de la Unión Soviética. Pero a pesar de que está en medio de la jungla, la pista aparece entre nevados que al parecer son los Andes. Se desconoce que los Andes están a más de 1.000 km de allí y que es imposible verlos desde la triple frontera.

La farsa de la narración se hace aún más evidente cuando el plan de escape de los soldados los lleva a atravesar en helicóptero todo Paraguay y todo Bolivia, dejar a una informante en Perú, para luego cruzar los Andes y abordar un barco que los está esperando en la costa Pacífica de Perú. O tal vez de Chile —a estas alturas uno ya ni sabe—.

Pero antes de que puedan cruzar los Andes, los cinco soldados se estrellan contra una plantación.

“Son cultivos de cocaína”, dice cansado Ben Affleck. Otra película hubiera prestado atención a esta sutileza. Pero uno se pregunta si el personaje de Triple frontera cree que la cocaína brota de la tierra y desconoce el proceso químico que se les aplica a las hojas de coca.

Luego los soldados masacran a un grupo de campesinos que se estaban acercando demasiado a las pesadas maletas con dinero, le pagan al jefe de la aldea por la “deuda” de los asesinatos, y luego inician su travesía por los Andes con la ayuda de mulas.

Al otro lado los esperan dos hombres del difunto capo, al mando de “veinte adolescentes fuertemente armados”. ¿Cómo estos criminales de poca monta del suroeste de Brasil y sus jóvenes sicarios lograron llegar antes que los cinco protagonistas que llegaron por aire a la costa peruana (¿o chilena?) y cómo sabían dónde debían esperarlos en la extensa costa del Pacífico es un misterio, y la película no lo aclara.

Oportunidad perdida

A pesar de todos sus defectos, Narcos y Sicario tienen el mérito de haber intentado presentar más detalles sobre el comercio de drogas y sus grandes repercusiones políticas y humanas. Triple frontera no solo no aprovechó esa oportunidad, sino que además desperdició el gran potencial que tenía al haber elegido la región de la triple frontera como escenario de la trama.

Algunas áreas de la región fronteriza son prácticamente anárquicas. Las fronteras oficiales tienen extensas zonas sin vigilancia y son extremadamente porosas, lo que permite todo tipo de tráfico y contrabando. Esta zona es considerada uno de los mayores centros de contrabando en toda Latinoamérica. Sin embargo, Triple frontera no ilustra nada de eso, salvo por una corta escena que muestra lo fácil que se puede cruzar la frontera entre Paraguay y Brasil.

Y así como deja al público a la expectativa por los comentarios iniciales sobre la violencia y la psicología humana, la película da algunas pistas sobre la rampante corrupción, pero no profundiza en este aspecto.

“Allá hay mucho más que US$75 millones”, le dice la informante a uno de los exsoldados. “Y no son únicamente de Lorea [el capo]. Muchas más personas irán tras de ti”, agrega. Los espectadores quedamos con la duda de quiénes son esas otras personas cuyo dinero fue robado, pues el guion —que quizá fue demasiado editado— no hace más alusiones al tema.

Sin embargo, por lo menos las escenas de combate resultan entretenidas, y se nota que valió la pena el entrenamiento de los actores con las fuerzas especiales. En este sentido, la escena más interesante de la película es el violento tiroteo entre policías y narcotraficantes. Uno de los protagonistas, que trabaja para una firma de asesoría en seguridad contratada por el gobierno de Paraguay, toma el rifle de asalto con lanzagranadas acoplado que cargaba un agente de policía, y dispara una ronda explosiva a través de la ventana, poniendo fin al enfrentamiento de un solo tajo.

“Buen tiro”, dice mientras le devuelve el arma al agente, haciendo referencia a la turbia realidad y a los asuntos de jurisdicción de la cooperación estatal y privada de Estados Unidos en la lucha antinarcóticos en la región. La película gana puntos con este detalle, especialmente si se considera el reciente debate sobre la aprobación por parte del Congreso de Paraguay, en marzo de 2017, de la capacitación ofrecida por los Navy Seals de Estados Unidos, que generó críticas debido a la falta de claridad en la operación.

Aun así, Triple frontera no es más que otra película de acción con un grupo de camaradas unidos por una misión de alto riesgo, que desperdicia la oportunidad de haber presentado una historia más ilustrativa de uno de los focos de crimen organizado más complejos de Latinoamérica.

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