Una mirada a los impuestos fronterizos de las pandillas en El Salvador

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Todos los días, miles de salvadoreños tienen que cruzar de zonas gobernadas por la Mara Salvatrucha a zonas gobernadas por una de las dos facciones del Barrio 18. En este país hay fronteras internas de las que incluso depende la vida de muchos. Ocurre desde hace años, pero la regla se hace más estricta con el paso del tiempo.

“Esta calle es el límite, mire. La frontera de guerra es todo esto. Aquí se agarran a balazos a cada rato. Allá abajo son MS. Arriba son 18 Revolucionarios. Es una L. Y nosotros en medio.”

Lo dice un hombre cuarentón, recio. Él es negociador de renta de una ruta de buses y microbuses. Ese es su trabajo. En un país donde hasta la Coca Cola o Tigo pagan extorsión, hay arquitectos, paleteros, zapateros, profesores y negociadores de renta. La realidad crea puestos de trabajo.

Él se encarga de negociar telefónicamente con los pandilleros el pago de la extorsión. El punto de buses donde él trabaja queda justo en el vértice entre el dominio de las dos pandillas. Es una de las rutas que tuvieron la mala suerte de que una pandilla no aniquilara a la otra y dominara todo el sector. Pagan a un lado y pagan al otro desde el punto donde sus buses arrancan. Aunque el hecho de que una sola pandilla gobierne la zona donde se ubica el punto de una ruta no garantiza que solo pague extorsión a ese gobierno pandillero. Si el recorrido de los buses implica pasar por zonas de otra pandilla, lo normal es que haya una tarifa para cruzar esa frontera y circular el territorio.

Esta es la segunda parte de un artículo que apareció originalmente en El Faro y fue editado y publicado con permiso. Vea aquí la primera parte. Vea aquí el artículo original.

Antes de conocer al negociador me reuní con tres empresarios de buses. Uno de ellos me aseguró que hay rutas que pagan más de cuatro “impuestos de guerra”, porque atraviesan zonas de las tres pandillas y, en el caso de la MS, de dos clicas distintas, y ambas cobran por cruzar su frontera. Tiene lógica. Por poner un ejemplo: de poco le serviría a la clica de los Centrales Locos Salvatrucha, en el centro capitalino, que la de los Criminal Gangster Salvatrucha, de Mejicanos, le cobrara a una ruta en su territorio, si ni un cinco de eso llegaría a sus manos.

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Militares custodian un camión con pasajeros civiles en el centro histórico de San Salvador

Ni el negociador ni los empresarios aceptan que sus nombres aparezcan. Ni el número de la ruta ni el municipio donde está el punto. Cuando se escribe de pandillas se escribe lo que se puede. El límite primero es no matar a nadie al escribir. Las pandillas delimitan otras cosas, no solo el territorio. El acuerdo es que puedo decir que es una ruta del Área Metropolitana de San Salvador.

Junto al negociador, recorremos en carro la ruta de sus buses.

“La negociación con la MS fue hace más de cuatro años. Se quedó en US$550 al mes. Los 18 pidieron US$800, US$900 dólares, lo que quisieron, hasta US$1.200 dólares mensuales llegaron a pedir. ¿Ya vio los balazos en el portón de la oficina? Fueron ellos, porque no se les quiso dar lo que pedían. Empecé a negociar: ellos dijeron que se conformaban con US$700 dólares. Son criminales, pero cipotillos los de la 18 de aquí. Yo les dije US$200. Quedó en US$300 mensuales.

Pasamos por el territorio del Barrio 18 Revolucionarios. Es un lunar rural en medio de la ciudad. La calle principal es asfaltada, pero los pasajes que se abren a los lados son de tierra y dan al monte.

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“Mirá”, dice el negociador. “Aquí es la frontera. Démosle para abajo, todo esto es zona MS. A la MS así se le paga: yo les digo en qué bus va a ir la renta, les doy la placa, el color y el teléfono del motorista. En todo este trayecto (de unos dos kilómetros), salen ellos. Ellos no te van a decir dónde están. Los 18 mandan a un bichito a traerla. Bien se la entregamos con el vigilante del punto o se las voy a tirar en una bolsa allá arriba, y llega el niño a traerla… Mirá, aquí asaltan, en esta parte es que salen asaltantes comunes en la noche a quitarle la caja al motorista”.

Pagar extorsión es obligatorio para los buses. Así de claro. Es imposible que en El Salvador de hoy, demarcado por las pandillas como está, las autoridades puedan proteger a los motoristas de una ruta que decida no pagar. Son un blanco fácil, hacen el mismo recorrido todos los días. Si no pagan, tarde o temprano, alguien será asesinado. En 2015, según la Policía, 93 motoristas de buses y microbuses fueron asesinados. Los empresarios de buses agremiados en dos asociaciones fuertes, que muchas veces ocupan la carta de la inseguridad para negociar con los políticos, aseguran que en 2015 pagaron a las pandillas US$26 millones en extorsiones.

Así de mortal la situación, pagar extorsión ofrece algunas prerrogativas.

“Aquí asaltan… La MS me ha dicho que cualquier cosa, si alguien anda jodiendo o asaltando buses, ellos me protegen. Yo le digo [al pandillero]: mirá, los motoristas me acaban de tirar que andan dos chavos, uno con short blanco, una gorra así… Él me responde: ahorita. Lo identifican y le dicen: si volvés a venir, te vamos a matar. Es más efectivo que la Policía. Es inmediato.

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Emilo Méndez, motorista de la ruta 16, se convirtió en el séptimo motorista asesinado en el tercer día de paro

La relación con la Policía es, para algunos, innecesaria en estas zonas. O, si es necesaria, lo es por razones paradójicas. Algunos negociadores de renta de los buses dan el número telefónico con el que negocian la renta a los policías. Piden ser intervenidos, pero no para denunciar la extorsión, sino para que en caso de escuchas no los vayan a confundir con extorsionistas. A la hora de negociar con un pandillero, se habla como si se hablara con un amigo: qué ondas, perro; qué pasó, compa; buena feria te mando ahí, buen alivián. En ocasiones, lo único que quiere un negociador que da el teléfono a la Policía es no terminar preso por hacer su trabajo.

El negociador no sabe el apodo real de ninguno de los pandilleros con los que habla. Tiene ocho teléfonos controlados desde los que se comunican. El que un día dijo llamarse “Chino” la próxima vez dirá llamarse “Seco”. Pero el negociador tiene maña para identificar voces y saber, por la experiencia de cómo se resolvieron problemas, qué voz los resuelve.

Hace algunos meses, dos pandilleros abordaron varias unidades lejos del punto de buses. Dijeron ser miembros de una clica de la MS, dieron dos apodos, dos números de teléfonos y una orden a los motoristas: queremos un dólar diario por unidad. Suena a poco, pero en este caso iban a ser más de US$600 al mes. El negociador llamó a los teléfonos recibidos por los motoristas y les pidió un favor: entiéndanse con el pandillero de la MS al que ya le pago renta. Les dio el teléfono de la voz a la que relaciona con la solución de sus problemas. El negociador enlazó telefónicamente a dos mareros. Sus problemas se solucionaron.

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“Vaya, aquí salimos de zona MS para volver a zona 18. ¿Viste ese poste? Ahí va el bus. Nos tienen bien vigiladitos. ¿Ves esa casa? Ese es el punto donde hay que mandarles el bus cuando hay un muerto”.

Tener un punto de buses dentro de una frontera pandillera implica ponerte del lado de esa pandilla a la hora en la que hay muerte y en la que se necesita diversión. El negociador, al señalar la casa, se refiere a que ahí es donde se hacen los velorios de los pandilleros asesinados. Él tiene que enviar un bus cada vez que matan a alguno, para trasladar a la gente al cementerio. Combustible y motorista corren a cuenta del busero. Lo mismo ocurre alrededor de fechas como navidad, semana santa o la primera semana de agosto. Los pandilleros vacacionan.

“A veces piden ir a la playa El Sunzal”, dice el negociador. “El Majahual, La vez pasada pidieron ir hasta El Cuco. Nooo, le dije, no jodás, más cerquita. Bus y gasolina. Les negocio: mirá, los buses están malos, se van a quedar. El de aquí responde: no te preocupés, yo llamo grúa si se queda, y voy a llevar mecánico.”

 

“Si a mí la pandilla me dice que ese motorista no trabaje, no trabaja; si me dice que por esa calle no pase, no paso; si me dice que cambie una parada, la cambio; si me dice que ese día no salgan los buses, no salen. Aquí ni Viceministerio de Transporte ni Policía de Tránsito, yo obedezco a las pandillas y punto”

El negociador negocia. Si ya hizo dos viajes por muerte o placer al mes, intenta desviar el favor. Les pide que busquen otra ruta y le pidan sus buses.

Regresamos al punto. Cinco motoristas saludan al negociador. Esperan su turno para salir de ruta. Los motoristas cruzan fronteras de guerra a diario. Gracias a la extorsión, tienen permiso de circulación en diferentes zonas. Aunque a veces ni la extorsión les otorga la libre circulación.

“Si se dan cuenta de que un motorista anda tatuaje o anda manejando con un bicho de pandilla contraria o de una colonia muy identificada con la otra pandilla, rapidito lo sacan. Nos llaman y nos dicen: por este lado que ya no pase. A veces directamente nos dicen que ya no lo quieren ver trabajando en la ruta. Tenemos gente que ha tenido que sacar Dui nuevo para poder trabajar y que los mareros no los jodan”.

Hay quienes necesitan documentos con información falsa para poder recorrer algunas zonas de su propio país. Documentos falsos para transitar, como los que algunos migrantes centroamericanos compran para cruzar México o entrar a Estados Unidos, aquí hay quienes los ocupan para pasar de una colonia a otra.

El negociador asegura que es costumbre que los motoristas hagan paradas no establecidas formalmente a la entrada de colonias gobernadas por las pandillas. Paran, dice, para que se baje la gente que no puede entrar a esas colonias.

Le pregunté a uno de los empresarios de buses con los que hablé qué hacen en esos casos. Me respondió que despiden al motorista y que el motorista entiende la razón. Si trabaja, muere. El mismo empresario, luego de responder, soltó una frase de esas que caen pesadas, que generan un momentáneo silencio en la sala: “Si a mí la pandilla me dice que ese motorista no trabaje, no trabaja; si me dice que por esa calle no pase, no paso; si me dice que cambie una parada, la cambio; si me dice que ese día no salgan los buses, no salen. Aquí ni Viceministerio de Transporte ni Policía de Tránsito, yo obedezco a las pandillas y punto”. La sentencia viene con agravante: el empresario que la pronunció ha sido diputado de la Asamblea Legislativa.

La última semana de julio de 2015, como una medida de presión hacia un gobierno que aumentaba la represión contra las pandillas y las comunidades que gobiernan, las tres pandillas ordenaron un paro general de transporte que se cumplió casi totalmente. Algunos no acataron. Solo esa semana, siete motoristas fueron asesinados mientras trabajaban.

El negociador se baja del carro y se despide desde la ventana. Hago la última pregunta:

“¿Ya pagaron aguinaldo?”

“Ya, US$300 extra a la 18; US$550 a la MS.”

Pequeña zona neutra

“Antes estaba un grupo de un lado y otro del otro. Querían marcar la diferencia. Se habían dividido en dos pedazos la cancha.”

Lo dice, a la par de la cancha de baloncesto, la directora de una escuela del municipio de Apopa. Ella pasa de los 40. Está a cargo de una escuela que ha quedado justo en zona neutra. De un lado tiene al Barrio 18 Revolucionarios. Del otro lado tiene a la Mara Salvatrucha. La escuela no está cerca del límite. Es el límite. Está rodeada por dos colonias del Barrio 18 y cinco de la MS. Adentro de la escuela, de hecho, estudian los palabreros de las dos colonias que cercan la escuela. Toda esta situación es, para la directora, una suerte.


Ese dinero sale de las bolsas de los maestros. Pagan para poder enseñar.


“Estamos en el límite. No está definido quién va a tomar las riendas de la institución. Estamos en el limbo. Eso es un punto a nuestro favor. Mientras ellos se definen, quizá es de las pocas instituciones de Apopa donde no se nos pide dinero.”

Lo usual, según confirman esta directora y dos maestros más con los que hablé, es que los pandilleros hagan llegar un mensaje a la dirección por medio de un maestro o del portero de la escuela: queremos tanto dinero mensual. Ese dinero sale de las bolsas de los maestros. Pagan para poder enseñar.

Una de las grandes ventajas de delimitar fronteras es imponer impuestos. Todos pagan, las compañías que instalan televisión por cable, las señoras que venden en los mercados del centro, taxistas, el camión del Agua Cristal, el marinero que vuelve de meses en el mar. Hay colonias donde los pandilleros exigen una cuota mensual a cada habitante que tiene vehículo, un impuesto por ser privilegiado.

La escuela de esta directora, en cambio, está en zona neutra. Nadie ha terminado de imponerse.

“El día que definan la rivalidad, se nos van a ir todos los alumnos contrarios y nos vamos a quedar a disposición de la pandilla que gobierne.”

El día que una pandilla amplíe su frontera, la escuela será suya y no aceptarán foráneos.

Para otros maestros, la situación de esta escuela de Apopa sería catastrófica. En lugar de un territorio de despeje, la escuela podría ser un territorio de guerra intramuros. Un maestro del departamento de La Libertad me describió su escuela como un lugar “tranquilo” porque “gracias a Dios solo tenemos alumnado que vive en zona MS”. Sin embargo, eso depende del talante de cada directora, y esta ha sabido controlar la situación adentro haciendo algunas concesiones.

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Intentan no expulsar a nadie ni aplazarlos, hacen lo posible para que pasen. E incluso, en algunos momentos, permiten que la escuela se convierta en una zona de resguardo ante otra guerra que enfrentan las pandillas.

“La escuela es un lugar seguro para ellos. Un alumno estaba en una clase a la que le adelantamos los exámenes, porque se enfermó el maestro. Los despachamos. Ese alumno llegó. Yo sé que él es de los líderes de la 18. Me dijo: ‘seño, permítame que esté viniendo, puedo hacer limpieza. A mi casa llega seguido la Policía y tengo miedo’. ¿Miedo a qué?, le pregunté. ‘No pregunte, seño, solo permítame estar aquí’”.

Si bien la mayoría de los operativos de la Policía van dirigidos contra objetivos pandilleros específicos, durante 2015, el año más violento del siglo en El Salvador, las denuncias en contra de operativos policiales irregulares que se saldan incluso con masacres de gente desarmada han sido recurrentes. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos ha asegurado que esto se ha vuelto una de sus prioridades. La institución tiene expedientes abiertos por casos como la masacre de San Blas, donde un grupo de la Policía asesinó a ocho personas, dos de ellas no pandilleros, desarmados y rendidos, que murieron de tiros en la cabeza y en la boca en una finca cafetalera.

16-01-07-ElSalvador-PoliceGraffitiUn agente de la PNC borra un grafiti de la Mara Salvatrucha (MS) en el centro de Zacatecoluca

La directora asegura que algunos alumnos han hecho sus intentos por echar leña al fuego, pero no han prosperado en esta zona neutra. No faltan en las aulas los gritos de “hay barrio” cuando alguna suma o resta da 18; ni los aplausos cuando el resultado es 13. Han encontrado pintas de MS y 18 en aulas como la de cómputo, pero tras dialogar con ellos y asegurarles que llamarán a sus padres, son “los mismos líderes los que se han sentado a resolver y al día siguiente ya no están las pintas”. La directora, inmersa en su cotidianidad compleja, describe las señales de paz de una manera muy particular.

“Le digo, aquí es tranquilo, por ejemplo, nunca me le han dicho a un maestro que va a aparecer en una bolsa.”

Lo del recreo lo lograron resolver con una charla general de la directora a los alumnos. “Aquí no hay jóvenes de un lado o de otro, sino solo alumnos”, dijo. Y logró que desapareciera la frontera dentro de la cancha de la escuela. Solo esa frontera.

“Del portón de la escuela para afuera ya todo está mapeado. Unos se van por un lado, otros por otro. Algunos esperan unas horas para irse. Se reparten. De cada lado caminan los de cada pandilla. El problema son los que viven en la colonia MS que está del otro lado de la calle, no en la colonia de la par de la escuela.”

Esos alumnos tienen que atravesar toda la calle principal de la colonia del Barrio 18 Revolucionarios para cruzar la carretera y llegar a su zona MS.

“Se ha negociado que un auto los venga a traer, incluso a los grandes”, hay alumnos de más de 20 años en la escuela. El auto se va por la calle principal, no entra a los pasajes.

Una especie de amnistía, un salvoconducto, un permiso temporal para atravesar la frontera prohibida. Solo a ciertas horas del día y solo para uniformados de la escuela.

La amnistía no es total. Es para ese auto que lleva a esos muchachos. Este año, un estudiante de la 18 cruzó la frontera MS y murió baleado.

La directora asegura que los verdaderos miembros de las pandillas que estudian en la escuela son contados. Asegura que los dos líderes tienen 14 y 15 años y estudian en octavo y noveno grado. Niños sumergidos en una guerra que les deja solo caminar por pedazos de su país. Los demás son estudiantes que no pertenecen a ninguna pandilla, pero viven en colonias dominadas bajo su signo. Cuando hay que identificarse se identifican con su colonia, como es obvio. ¿Quién de adolescente no defendió su aula? ¿Quién no fue parte de una pandilla inocente en su colonia, de esas que servían para ganar guerras de silbadores en navidad o para pinchar llantas y tocar timbres? A ellos les pasa lo mismo, pero en medio de una situación que no tiene nada de divertida ni de navideña. Son niños respondiendo a su ambiente. Su barrio lo dominan pandillas sanguinarias y ellos, sin formar parte, se identifican con sus letras, sus números, imitan a sus líderes, caminan como ellos y se dan de puños contra niños de la otra colonia que tampoco son pandilleros. ¿Lo hacen porque son asesinos? ¿Porque traen el gen de la muerte? ¿Porque son peores que otros niños? No, porque son niños que actúan normalmente, se acostumbran a la situación que los rodea, y esa situación es anormal, enferma, destructiva.

Las fronteras no solo delimitan una cancha o una colonia. A veces, también el aprendizaje.

“Una vez, un alumno nos dijo: ‘tengo que aplazar este año’. No sé qué misión traía, pero tenía que estar en medio del grupo que subiría a su grado. Él lo dijo: ‘este año me han mandado a aplazar’, y no se refería a sus papás.”

Hay quien dirá que la directora concede, que otorga a las pandillas. Hay quien jamás entenderá la complejidad de esta guerra. Esta guerra, por ocurrir todos los días en las zonas donde viven millones de salvadoreños, ha modificado el tejido social, cada pedacito. El recreo en una escuela, el camino al trabajo, las pruebas para obtener un empleo, los lugares donde se juega fútbol, la hora de salida de la escuela.

“Prácticamente, nosotros mantenemos todo el año una tregua aquí adentro. Todo el año tenemos que estar orientando. Mi pregunta es: ¿qué hay afuera de la escuela? ¿Qué se les ofrece?”

La guerra.

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