Una mirada más de cerca a las redes de droga atadas a Brasil

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Pese a que Brasil es el segundo mercado más grande para la cocaína en el mundo, se sabe relativamente poco acerca de las oscuras redes que lo conectan con los países productores de droga en la región, especialmente en comparación con los carteles de la droga que se han convertido en nombres conocidos en Estados Unidos.

Por esa razón, es impresionante el reciente intento del periódico Extra, con sede en Río de Janeiro, para identificar a los principales actores en el (exclusivamente) comercio de drogas de Suramérica. La investigación, resultado de seis meses de investigaciones y entrevistas con autoridades brasileñas, peruanas, bolivianas y paraguayas, expone los grandes nombres en lo que Extra se refiere como “Narcosul”, un juego de palabras con el nombre del bloque comercial Mercosur.

Algunos nombres de la lista son muy conocidos por los expertos en seguridad regional, como Marcos Willians Herbas Camacho, alias “Marcola”, el jefe encarcelado de la pandilla de prisión Primer Comando Capital (PCC), con sede en São Paulo. Pero la mayoría de los capos identificados por el periódico tienen perfiles relativamente bajos, y parecen ser conocidos por pocos fuera de los círculos de los cuerpos de seguridad.

El mayor de ellos es Luiz Carlos da Rocha, también conocido como “Cabeça Branca”, o “Cabeza Blanca”. Se cree que el brasileño de 55 años de edad está viviendo en Paraguay, donde supuestamente supervisa una operación de contrabando a gran escala, que mueve cocaína peruana y boliviana hacia Brasil, a través de la porosa frontera con Paraguay. Según la Policía Federal de Brasil, Cabeça Branca compra el producto principalmente en el Valle de los Ríos Apurimac y Ene (VRAE) y en las regiones del Chapare de Bolivia.

Otras figuras identificadas por Extra, como los “embajadores de Narcosul”, operan en regiones más aisladas en el norte, particularmente en las regiones de frontera, en el estado fronterizo de Amazonas. Esto incluye al peruano Jair Ardela Michue, quien junto con su hermano Wilder construyó un importante imperio del narcotráfico que vinculaba a una red de cultivadores de coca y laboratorios en la región amazónica de la Triple Frontera con distribuidores en la capital del estado de Manaos. Desde allí, los envíos se dividieron hacia el norte, hacia la ruta Transatlántica, o hacia el sur, hacia los mercados de consumo de Río de Janeiro y São Paulo.

Wilder y Jair fueron detenidos en 2010 y 2011, respectivamente, pero sus rutas de contrabando siguen siendo igual de populares.

La investigación de Extra expone estos y otros grandes peces del Cono Sur, responsables del suministro de cocaína, marihuana y otras sustancias ilícitas a Brasil, y en algunos casos, del envío de estas drogas al mercado europeo más lucrativo. Según estimaciones del periódico, las redes de tráfico de Suramérica obtienen una asombrosa cifra de US$9 mil millones de la venta de drogas al año. Para poner esto en perspectiva, el Departamento de Estado de Estados Unidos afirma que los carteles mexicanos ganan entre US$19 mil millones y US$29 mil millones del tráfico de sustancias ilícitas.

Análisis de InSight Crime

La cifra de US$9 mil millones, que el periódico fundamenta en “el precio promedio de la cocaína producida en la región para ser exportada a Europa”, probablemente está inflada, ya que no tiene en cuenta las ventas en Brasil. Aún así, arrojar luz sobre los líderes del hampa que supervisan el flujo de drogas hacia el segundo consumidor de cocaína más grande del mundo (después de Estados Unidos), destaca algunas tendencias importantes.

La primera de ellas es la dificultad que tiene Brasil en la vigilancia de sus fronteras. A diferencia de la dinámica del tráfico en Estados Unidos, el flujo por tierra de las drogas no se limita en gran parte a una frontera. En cambio, hay varios países con rutas de contrabando que llevan a Brasil -el resultado de compartir fronteras con los tres productores de cocaína más grandes del mundo: Bolivia, Colombia y Perú.

Además de la frontera con Paraguay y las redes amazónicas, otro método popular de entrada es el ingreso del producto por vía aérea desde Bolivia, que luego es descargado en los estados de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul, al occidente del país. Como informa Extra, uno de los capos más notorios de esta ruta es Lourival Maximo da Fonseca, alias “Tião”, quien se cree que está operando desde el departamento de Santa Cruz, al oriente de Bolivia.

Los analistas coinciden en que la mayor parte de la cocaína de Brasil proviene de Perú y Bolivia, pero hay un debate considerable sobre el desglose entre los dos. En 2011, un poco más de la mitad de todos los envíos de cocaína incautados en Brasil (54 por ciento) procedían de Bolivia, en comparación con el 38 por ciento de Perú y el 7,5 por ciento de Colombia. Sin embargo, las autoridades bolivianas insisten en que la mayor parte de esta cocaína es en realidad producida en Perú, y la aparición del llamado “puente aéreo” a Brasil, a través de Bolivia, apoya esta declaración.

El rastreo de estas redes apunta a otra tendencia en el tráfico transnacional de drogas en el hemisferio sur: el hecho de que todos ellos dependan de los funcionarios corruptos y los sobornos a la policía para operar. Esto es parte de la razón por la cual individuos como Tião y Cabeça Branca pueden esconderse con tanto éxito en áreas remotas, en la periferia de Bolivia y Paraguay. En este último caso, aunque el capo ha estado operando en el departamento de Amambay, al este de Paraguay, desde mediados de los años noventa, y que allí posee grandes terrenos a través de terceros, la Secretaría Nacional Antidrogas (SENAD) nunca lo ha detenido lo con éxito.

El caso de Cabeça Branca proporciona cierta información útil sobre cómo el tipo de círculos sociales en los que los traficantes se encuentran facilitan sus negocios. Al parecer, su organización ha comprado a funcionarios políticos y policiales clave en casi todos los niveles de Amambay. Antes de su arresto en septiembre de 2013, uno de sus lugartenientes, Carlos Rubén Sánchez Garcete, alias “Chícharo”, fue un diputado suplente. Es más, el hermano menor del legislador -un funcionario de la policía de la unidad antidrogas de Amambay- fue detenido en marzo por poner sobre aviso a Chícharo sobre operaciones policiales e investigaciones en el área.

Otros elementos de la dinámica del narcotráfico de Brasil también sugieren importantes diferencias entre éste y el tráfico ilícito de drogas que pasa a través de Centroamérica y México hacia Estados Unidos. En primer lugar, parece ser más pacífico, o al menos menos violento, sin las masacres y asesinatos sangrientos que han definido las guerras territoriales entre los carteles mexicanos, en los últimos años.

En la frontera entre México y Estados Unidos, esto se interpreta generalmente como una señal de que un solo grupo ha establecido su dominio sobre la “plaza” local. Por supuesto, existen grandes organizaciones criminales trasnacionales en Brasil, como el PCC y el Comando Vermelho (CV), y hay bastante evidencia de que estos grupos han establecido redes de tráfico de drogas, que se extienden hasta Bolivia y Paraguay. Pero la existencia de poderosos distribuidores independientes como Cabeça Branca y Tião sugieren que las facciones más reconocibles del crimen organizado de Brasil carecen de la clase de dominio sobre las rutas de contrabando que disfrutan sus pares mexicanos. Sin embargo, los informes sobre la creciente actividad del PCC y el CV en los países vecinos de Brasil sugieren que esta dinámica puede no estar muy lejos.

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