Valle del Cauca: ¿una guerra muy lejana para los Urabeños?

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El departamento del Valle del Cauca se ha convertido en el campo de batalla más sangriento de la guerra del narcotráfico en Colombia, a medida que la organización criminal más poderosa del país, los Urabeños, intenta asegurar las rutas de tráfico en el centro de operaciones de sus enemigos. Sin embargo, después de haber malgastado dinero y perdido mano de obra durante tres años de guerra y de violencia que parecen no tener fin, el premio del narcotráfico en el Pacífico sur podría significar la línea final de avance de los Urabeños.

En 2013, el Valle del Cauca fue el departamento más violento de Colombia por cuarto año consecutivo, a medida que los grupos armados ilegales luchaban amargas y sangrientas guerras territoriales en varios frentes. La lucha ha costado miles de vidas y ha visto un fuerte incremento en las actividades criminales, como el microtráfico y la extorsión.

El conflicto ha hecho de Cali, la capital del departamento, el lugar más peligroso en Colombia, y, con una tasa de homicidios de más de 85 por cada 100.000 habitantes, una de las ciudades más peligrosas del mundo. También le ha ganado al principal puerto del país, Buenaventura, una reputación macabra por la sádica brutalidad, la muerte y el desplazamiento.

La violencia es caótica, perpetrada por un torbellino de grupos criminales que van desde narcoparamilitares hasta pandillas callejeras de adolescentes. Pero detrás de ello hay cambios tectónicos en el mundo del hampa de Colombia; los una vez dominantes Rastrojos se han derrumbado, mientras que su principal rival, el grupo criminalizado sucesor de los paramilitares, conocido como los Urabeños, busca extender su alcance a lo largo de Colombia.

El Valle del Cauca fue la cuna y el bastión de los Rastrojos. La organización surgió como el brazo armado de una facción del Cartel del Norte del Valle (CNDV) de la región, y todos sus principales líderes comenzaron su carrera criminal trabajando para las redes del cartel.

Después de haber emergido de la sombra del CNDV para convertirse en una organización por derecho propio, los Rastrojos tomaron a la fuerza territorio a lo largo del país, convirtiéndose en la organización criminal dominante de Colombia. Sin embargo, han estado en caos desde la pérdida de su estructura de mando en 2012, cuando su principal líder, Javier Calle Serna, alias “Comba” se entregó, y el miembro fundador Diego Pérez Henao, alias “Diego Rastrojo”, fue arrestado.

Tras la caída de Comba, de Diego Rastrojo y de otros líderes de alto nivel de los Rastrojos, varios mandos medios parecen haber unificado algunas de las redes restantes y construido alianzas con otros jugadores importantes del comercio de drogas en el Valle. Sin embargo, ninguno de los comandantes ha logrado unificar a las facciones bajo un solo liderazgo. En su lugar, se han ido unos contra otros en una lucha por los restos del imperio de los Rastrojos.

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Divididos y vulnerables, los restos de los Rastrojos también se han enfrentado a un viejo enemigo con un nuevo nombre -los Machos, quienes actualmente forman parte de la red de los Urabeños.

Los Rastrojos y los Machos tienen una larga y amarga historia que se remonta a la guerra fratricida que desgarró al CNDV. La guerra y los esfuerzos de las fuerzas de seguridad dejaron a los Machos diezmados, por lo que en 2011 se dirigieron a los Urabeños, vendiendo acceso a las rutas de drogas y a redes criminales a cambio de armas, apoyo financiero y hombres para irse a la guerra contra los Rastrojos.

La alianza que ha dirigido la guerra por el Valle del Cauca en nombre de los Urabeños, ha reunido a una coalición de narcotraficantes que tienen lazos familiares con el CNDV, y que guardan rencor contra los Rastrojos a raíz de su conflicto con los Machos. Esta nueva generación de narcos ha estado respaldada por la sed de venganza de un veterano estadista del comercio de drogas colombiano –Víctor Patiño Fomeque, alias “El Químico”, antiguo narcotraficante del Cartel de Cali y del CNDV.

El punto focal de la violencia ha sido Cali, donde cerca de 2.000 personas fueron asesinadas en 2013. La ciudad está viviendo lo que una fuente de la policía presentó a InSight Crime como un “caos criminal”, a medida que un estimado de 30 redes criminales luchan por la supremacía. Según la Defensoría del Pueblo de Cali, estas organizaciones criminales de tamaño medio, conocidas como “oficinas de cobro” mantienen vínculos con 66 de las 134 bandas callejeras de la ciudad, a las que contratan para asesinar rivales y controlar las actividades criminales que van desde el robo de automóviles hasta microtráfico y extorsión.

Muchas de estas oficinas son restos fragmentados de los Rastrojos, quienes siguen proporcionando servicios a los narcos del Valle del Cauca y beneficiándose de las oportunidades criminales disponibles en la ciudad. Estas organizaciones ahora independientes, y las pandillas callejeras que las representan, se están enfrentan a otras oficinas que reciben órdenes de la alianza entre Machos y Urabeños.

También apostando por el control del bajo mundo criminal de Cali está una figura misteriosa conocida como “El Señor de la R”. Según la policía, El Señor del la R es un extraficante del Cartel de Cali y familiar del líder del cartel, Hélmer “Pacho” Herrera. Regresó a Colombia después de cumplir una larga condena en una prisión de Estados Unidos, y estableció su propia oficina con la objetivo de recuperar una porción del dominio perdido del Cartel de Cali.

En este nuevo y turbulento mundo del hampa, las lealtades son tenues y el panorama criminal está en constante cambio, a medida que las pandillas cambian de lado basandose en quién está ganando y quién puede pagar. En diciembre se informó que los principales líderes de la coalición de los Urabeños habían llegado a un acuerdo con los Rastrojos restantes más poderosos, pero hasta el momento ha habido poca evidencia de este pacto en las calles.

Fuera de Cali, la guerra también ha desgarrado a las ciudades más pequeñas de Palmira y Tuluá, donde la violencia ha sido impulsada por las incursiones de los Urabeños y por las luchas internas de los Rastrojos, en particular en el puerto de Buenaventura, que se encuentra en el corazón de las rutas de tráfico de la región.

Como ya ha informado InSight Crime, Buenaventura se ha convertido en un nuevo foco de violencia extrema y desplazamiento por la resistencia que presenta a la invasión de los Urabeños una exoficina de los Rastrojos conocida como la Empresa. Después de la invasión en 2012, el puerto parecía estar firmemente en manos de los Urabeños, pero la Empresa, luego de presuntamente conseguir financiamiento externo para continuar con su lucha, lanzó un contraataque, haciendo que la violencia incrementara una vez más en 2014.

En todos los frentes de Valle del Cauca, la guerra no sólo ha costado a los Rastrojos y a los Urabeños sangre y dinero, también les ha costado la libertad de muchos de los narcogenerales que dirigen los enfrentamientos en ambos lados. El Químico, el gran sobreviviente del narcotráfico colombiano, permanece en libertad, pero fuentes del hampa han señalado a InSight Crime su creencia de que ha desaparecido una vez más, contento con haber forjado su venganza contra los Rastrojos y recuperado sus bienes perdidos.

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La invasión de los Urabeños al Valle ha seguido un plan de batalla desplegado con éxito en otras partes; buscan alianzas con grupos criminales locales que están familiarizados con la zona, y luego aumentan el alcance de sus operaciones con armas, dinero en efectivo y  tropas de combate. Poco después, estos grupos son absorbidos por los Urabeños, y se convierten en otra parte de su franquicia criminal.

Sin embargo, aunque estas tácticas han ayudado a los Urabeños a establecer presencia en regiones estratégicas, como en la Guajira en el noreste, en la ciudad de Medellín y en la frontera con Venezuela, en el Valle del Cauca han sido incapaces de superar la resistencia obstinada de los Rastrojos restantes.

A medida que más y más hombres de los Urabeños son capturados y dados de baja, más se confían en las juventudes volátiles que contrataron en Cali y en Buenaventura. Esto no sólo los debilita tácticamente, sino que también significa una fuerza menos disciplinada que es más difícil de controlar. En Buenaventura, la policía señaló a InSight Crime que estos jóvenes se estaban saliendo de control, utilizando el nombre y las armas que los Urabeños les habían suministrado para aterrorizar a la ciudad en beneficio propio.

El costo financiero de esta guerra también será una masiva perdida de recursos que puede resultar insostenible en el largo plazo. En Buenaventura no están pagando a muchos de sus soldados de pie, haciendo que se vuelvan independientes o que se unan a sus rivales. Si pierden la lealtad de las oficinas y pandillas de Cali -que son sólo tan leales como su último pago- entonces van a estar luchando una batalla perdida.

En diciembre hubo informes de que un comandante local de la alianza entre Machos y Urabeños había llegado a un acuerdo con uno de los jefes máximos de los Urabeños, en el que pagó US$ 500.000 a cambio de que enviara 90 refuerzos desde todo el país. También en Buenaventura, el comando local habría recibido refuerzos externos durante los mismos días con la llegada de un estimado de 38 tropas a sus filas.

Si los informes son ciertos, entonces este podría ser el inicio de un nuevo impulso para ganar el control del Valle del Cauca de una vez por todas. Sin embargo, para tener éxito, la alianza de los Urabeños tendrá que superar una oposición que les ha hecho frente hasta estancarlos desde hace tres años. También estarán severamente limitados por la necesidad de operar en un territorio cada vez más militarizado, ya que las autoridades han respondido a la crisis de seguridad enviando sus propios refuerzos.

Ante estos obstáculos, parece probable que el avances de los Urabeños no les consiga la victoria, una vez más. Esto dejaría a la dirección nacional frente a una decisión difícil -dejar uno de los territorios de tráfico de drogas más preciados de Colombia a sus enemigos de la clase criminal del Valle del Cauca, o arriesgarse a quedar atrapados en el atolladero de un conflicto que tiene el potencial de debilitarlos fuertemente económica y militarmente, drenando su fuerza a nivel nacional.

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