Dilema de seguridad en México: Un acercamiento miope a las milicias de Michoacán

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La desesperación en Michoacán, como en muchas partes de México, en relación con el crimen organizado, ha provocado una mirada miope del problema. En el corto plazo, ésta produce, a través de las milicias al menos, una solución temporal al problema inmediato: los Caballeros Templarios. En el mediano y largo plazo, sin embargo, ésta puede haber abierto el espacio para otro conjunto de actores criminales, y puede haber complicado el trabajo del gobierno, de establecer el estado de derecho en Michoacán.

Los partidarios de los grupos de autodefensa argumentan que no tenían otra alternativa. Puede que tengan razón. Como se ha señalado, los Caballeros Templarios controlaban a los representantes políticos y los presupuestos municipales. Ellos extorsionaron y secuestraron a su antojo, emplearon la policía para sus propios fines. En algunos lugares, es posible que hayan estado cometiendo violaciones masivas y otros crímenes horrendos, como el tráfico de órganos. La población en general prácticamente había sido abandonada por las autoridades locales, estatales y federales. La respuesta de los grupos de milicias fue histórica. Juntos, vencieron el miedo, se armaron y empezaron a tomar medidas contra una organización criminal grande y sofisticada que los había aterrorizado durante años. Una vez el gobierno federal envió tropas y policías federales a la zona, este proceso se aceleró. En relativamente poco tiempo, la organización de los Caballeros Templarios ha sido decapitada, y su núcleo destruido.

Sin embargo, la prisa por celebrar los avances de las milicias oculta una serie de cuestiones importantes a las que ni los funcionarios ni los grupos ganadores se han enfrentado por completo. En la parte superior de la lista se encuentra la cuestión crítica de mandato. Aunque las milicias se han unido en su deseo de librar a sus comunidades del secuestro y la extorsión —y en la tarea inmediata de librarse de los Caballeros Templarios— eso es lo más lejos que han llegado en términos de estrategia. No hay un sentido de jurisdicción, de descripción del trabajo o de los objetivos generales. Tampoco hay consenso sobre cómo las milicias deben interactuar con las autoridades. Sin duda, algunas milicias todavía ven al gobierno, en especial a los funcionarios locales y estatales, como el problema central. En algunos casos, ellos dibujan una distinción entre las autoridades locales y federales, lo que complica aún más las cosas.

Este artículo es la tercera parte de un informe de tres partes sobre las milicias en Michoacán. Fue elaborado por Mexico Institute, del Woodrow Wilson International Center for Scholars, e InSight Crime. Vea el informe completo en inglés aquí. Descargue el pdf aquí.

mexinstTambién hay pocos precedentes en el repentino aumento de esta milicia. Durante muchos años se han desarrollado policías comunitarias voluntarias en las comunidades indígenas, y estas tienen la jerarquía y la estructura que impone la disciplina interna, así como un sistema desarrollado de castigo para los criminales. Las milicias que están en contra de los Caballeros Templarios surgieron principalmente en comunidades no indígenas, que se unieron de forma rápida y al azar. Su éxito refleja muchas cosas: en ellas se encuentra respaldo popular, apoyo oficial, buen armamento, coraje y agallas, pero no la organización, la coherencia y el comando centralizado viable.

Las preguntas también se mantienen sobre las motivaciones de los miembros de las milicias. Hay por lo menos cuatro modelos distintos de milicia en Michoacán. El primero es del tipo que apareció en Cherán —las comunidades indígenas que tienen una larga historia y experiencia en la creación y mantenimiento de grupos de autodefensa organizados. El segundo proviene de una familia pobre rural, con un antecedente semiurbano, que se ha organizado en torno a la protección de sus intereses familiares y de sus pequeñas empresas. El tercer modelo está respaldado por grandes intereses, de tamaño industrial. El cuarto cuenta con el respaldo de otros grupos criminales. Probablemente hay mezclas entre estos grupos, así como también pueden trabajar juntos, por lo menos temporalmente.

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Cada uno de los grupos tiene diferentes motivaciones, que pueden no ser evidentes mientras se enfrentan a un enemigo común. Sin embargo, una vez ese enemigo es vencido, sus diferentes agendas inevitablemente saldrán a flote, como ya ha sucedido en algunos casos. Estas agendas, inevitablemente, obtendrán un apoyo político legítimo, pero estos grupos también empuñan armas, dándoles una ventaja injusta en lo que se supone que es un ámbito democrático, gobernado por las urnas y no por las balas.

Además, pocos, si hay alguno, de los milicianos parecen estar interesados ??en afrontar uno de los problemas centrales que aquejan a Michoacán y a México: el tráfico ilegal de drogas. Los Caballeros Templarios, como La Familia Michoacana antes de ellos, llegaron a tener prominencia nacional, principalmente a través de la producción y venta de metanfetamina cristalina y otras drogas ilícitas. Sin embargo, los líderes de las milicias muestran poco interés en enfrentar el problema. De hecho, parecen separarlo de su propia situación, llamándolo ingenuamente “el trabajo del gobierno federal”.

“No vamos a ir a buscar laboratorios, porque esa no es nuestra responsabilidad. Nosotros no queremos que haya secuestros, desapariciones, extorsiones”, dijo en febrero Estanislao Beltrán, un cultivador de limones conocido como “Papa Pitufo”, y el a menudo portavoz de la milicia. “Nosotros no vamos a decidir lo que cada ciudadano hace, cada uno es libre de hacer lo que quiera, lo que le convenga”.

“Hay ciudades enteras que de una forma u otra pertenecieron al crimen organizado”, dijo Beltrán, argumentando la imposibilidad de acabar con la industria local de drogas. “Como fuerzas de autodefensa vamos a perseguirlos, a matarlos o encerrarlos?”[1].

Dada esta posición, la actitud de laissez faire hacia otras organizaciones criminales no es sorprendente. Hasta cierto punto, la propia relación de Michoacán, complicada y de larga duración, con grupos criminales también es algo que en gran medida se ignora en esta historia. Los auges y caídas agrícolas del estado son, a menudo, suavizadas por ganancias criminales, que financian empresas de transporte, proyectos de construcción y festivales locales, entre otros esquemas económicos y sociales. La convergencia entre la política y el crimen es tanto un resultado del aumento en las ganancias de capital criminales como el resultado de las armas que empuñan.

La intersección entre lo lícito y lo ilícito está en el centro de lo que hace a Michoacán, y a gran parte de México, trabajar. Según el gobierno, casi el 35 por ciento de los empleados en Michoacán están trabajando en la economía “informal”[2]. Además, la agencia de migración del estado dice que tres millones de indígenas michoacanos están viviendo en Estados Unidos, muchos de ellos de forma ilegal[3]. Alrededor de un millón de ellos viven sólo en el sur de California[4]. La diáspora ofrece una red de distribución lista para los grupos de narcotraficantes de Michoacán, y más recientemente, para sus milicias. Pero también ha colocado al estado entre los receptores de remesas más importantes de México. En resumen, hay grados de ilegalidad, lo que hace más difícil el trabajo de separar los buenos de los malos. Añadir a la ecuación las armas de alto poder, las diferentes agendas, la competencia política, y el desafío de mantener la paz comienza a hacerse nítido.

A pesar del oscuro panorama, la situación no es tan mala como en otros países donde han aparecido grupos de milicias y paramilitares. Como era de esperarse, desde el momento en que aparecieron los primeros grupos de autodefensa en Michoacán en 2013, se han realizado comparaciones aptas entre las milicias de México y las de Colombia. Para empezar, sus orígenes, composición y políticas son similares. Sus patrocinadores financieros son variados e incluyen grupos criminales. Su relación con el gobierno se ha convertido en una forma que se asemeja a la de Colombia, aunque los militares en Colombia tuvieron un papel mucho más activo en la organización de los primeros grupos. El contexto en el que estos grupos surgieron también es similar. Aunque los Caballeros Templarios no son un grupo guerrillero per se, son una organización ideológica que se ve a sí misma como el protector de las comunidades en sus zonas de influencia. Ellos han creado una jerarquía estricta y han implementado una disciplina similar a la de los insurgentes en Colombia. Y obtienen ganancias de algunas de las mismas fuentes de ingresos, a saber, el secuestro y la extorsión, lo que ha provocado que las mismas comunidades, a las que dicen proteger, se vuelquen en contra de ellos.

Analytical Framework Resized

 

Sin embargo, aunque este es un buen punto de partida en términos de la creación de una estructura analítica para entender a estos grupos, no nos dice lo que depara el futuro. Las milicias no tienen todavía la organización, disciplina, alcance ni los recursos políticos de los paramilitares colombianos. La mayoría de ellas tampoco tiene el acceso o el deseo de controlar los medios de producción y distribución de cocaína. Son decididamente menos organizados y aún no lo suficientemente astutos políticamente para trasladar sus victorias militares al poder municipal o nacional. Además, si bien se han unido en torno a un solo problema, no han mostrado ninguna señal de crear una estructura de mando unificada que pueda extender el modelo y el mensaje a otras partes del país.

Al final, las milicias siguen siendo una copia reciente y relativamente pequeña de lo que llegaron a ser los paramilitares de Colombia. Ellos han mostrado poca cohesión y parecen haber perdido su camino tras las victorias contra el enemigo común. El resultado de esta aparente fragmentación aún no es claro, pero los peligros de abrir el espacio a los actores no estatales violentos, incluso a los que tienen la mejor de las intenciones, son demasiado evidentes.

Conclusión: ¿Ahora qué?

Las fuerzas de autodefensa han arrojado luz sobre varios aspectos importantes de México, unos que ya eran evidentes por sí mismos, y otros que no lo eran. Entre los evidentes está el hecho de que el Estado había abandonado a muchos ciudadanos mexicanos. Esto es más evidente a nivel local, donde la policía y los funcionarios públicos son cooptados por poderosos grupos criminales como los Caballeros Templarios, o viven con tanto temor que son incapaces de desafiar su autoridad.

El gobierno mexicano está en proceso de intentar cambiar esta ecuación, pero su progreso es lento y, para algunos, el alivio no ha llegado lo suficientemente rápido. Los procesos de depuración y de renovación de la policía local han sido desiguales en el mejor de los casos. La reforma judicial ha sido débil. Y los esfuerzos para hacer que las autoridades municipales se hagan cargo de la situación, son incongruentes con la realidad en el terreno, en el sentido que estas autoridades tienen pocos recursos para enfrentarse con grupos criminales bien armados.

Lo sorprendente fue la profundidad de la frustración, y los extremos a los que los civiles estuvieron dispuestos a llegar con el fin de enfrentar estos problemas por sí mismos. Si bien ya había un historial de organizaciones de autodefensa, las amenazas con las que se habían enfrentado eran mucho menores en su naturaleza. La velocidad con la que estas nuevas organizaciones se constituyeron, incluso bajo circunstancias extremadamente peligrosas, fue sorprendente. Ciertamente hubo fuerzas externas involucradas en ese impulso inicial de organización, pero su capacidad de limitar las bajas en su lado, mientras tomaban fuertes acciones contra los Caballeros Templarios, fue crucial durante esas etapas iniciales, y parece haber acelerado el crecimiento de estos grupos.

Tampoco era claro que una alianza entre el gobierno y miembros armados de la comunidad se pudieran encargar directamente de una organización criminal grande y que parecía estar tan bien constituida. Sin embargo, en unos pocos meses, la alianza ha demostrado ser un medio poderoso para deshacerse con rapidez de un grupo criminal de gran tamaño. Al final, la alianza ha decapitado a los Caballeros Templarios y ha agotado sus fuerzas a través de arrestos y deserciones.

Ahora viene la parte difícil: tomar una decisión sobre qué hacer con los grupos de autodefensa. Existen al menos tres opciones: La primera de ellas consiste en deslegitimar y desarmar a los grupos. El gobierno parece estar moviéndose en esta dirección. La declaración del enviado especial Castillo parece confirmar que el gobierno federal, al menos cree, que el experimento de Michoacán ha seguido su propio curso. Sin embargo, existe el riesgo de una reacción violenta, que rápidamente se podría transformar en un enfrentamiento, y los líderes de las milicias ya han hecho alusión a esta perspectiva. Es más, existe tanto la posibilidad de que los Caballeros Templarios regresen, como la de que sus rivales del Cartel de Jalisco-Nueva Generación (CJNG) llenen el vacío dejado por la partida de los Templarios. Con el fin de sacar a las milicias de la ecuación, el gobierno federal tendrá que demostrar que puede mantener bajos los niveles de violencia, secuestro y extorsión. Pero como se mencionó anteriormente, en seis años de gobierno, la administración de Calderón encontró esta tarea imposible. Y las estadísticas de los tres primeros meses de 2014, muestran un aumento del 55 por ciento en los homicidios, en comparación con los tres primeros meses de 2013[5].

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La segunda opción que tiene el gobierno es buscar integrar formalmente a las organizaciones de autodefensa dentro de su estrategia de seguridad. Esto ya ha comenzado, pero el marco actual está incompleto. Un nuevo marco tendría que pasar por el Congreso, y tendría que incluir la creación de normas más claras para el porte de armas de fuego, el registro de sus miembros, la definición de su jurisdicción, el establecimiento de su función, la creación de canales regulares de comunicación, así como otros medios que permitan una atenta supervisión de las autodefensas. Los resultados positivos de la participación de las milicias en materia de seguridad no pueden ser ignorados, así como tampoco puede serlo su potencial para convertirse en, exactamente, lo que dicen que enfrentan. Sin embargo, esta opción sería una apuesta política que el gobierno de Peña no parece estar dispuesto a hacer por el momento.

La tercera opción del gobierno es reaccionar de forma individual frente a las milicias y no de manera colectiva. Esta puede ser la opción más probable, sobre todo si la primera opción conduce a una reacción violenta. Hasta la fecha, el gobierno generalmente ha empleado esta táctica; la negociación y la incorporación de algunas de las milicias -independientemente de su origen- y, dar la espalda, e incluso enjuiciar, a otras de ellas. Esta es la posición que le ha servido al gobierno hasta ahora. Cuando lo necesite, éste se puede distanciar de los grupos. Sin embargo, cuando las milicias sirvan a sus intereses, pueden trabajar juntos, pues existen zonas en las que tienen que acabar con los Caballeros Templarios. La ambigüedad también proporciona un sólido poder político al gobierno, tanto con las milicias como con quienes maniobran en torno a ellas. El mensaje es claro: si se comportan bien obtienen la ayuda de las fuerzas de seguridad y posiblemente dinero público; si contradicen al gobierno, no reciben apoyo y posiblemente enfrentarán cargos criminales.

La posición que tome el gobierno es crucial. Existen otros grupos en otras regiones que están observando de cerca, posiblemente preparando sus propios movimientos de milicias. Y la forma en que el gobierno maneje Michoacán, puede establecer la pauta para lo que sucederá en el resto del país, particularmente en los estados más asediados, como Tamaulipas y Guerrero.

Independientemente de la forma en que se ocupe de las milicias, el gobierno tiene que reconstruir el contrato social. El contrato va más allá de las cuestiones de seguridad. Con el acuerdo alcanzado por Castillo, el gobierno ha dicho que va a mejorar la educación, a generar oportunidades de empleo y a aumentar su gasto social. Este tipo de promesas se hacen con frecuencia en México, y, con la misma frecuencia, resultan ser de corta duración. La necesidad de estos programas económicos y sociales persiste, especialmente en las zonas rurales en las que los Caballeros Templarios y las milicias han ganado reclutas. Sólo una inversión sostenida en crecimiento y en oportunidades dará al gobierno la capacidad de romper el encanto del estilo de vida criminal en la Tierra Caliente, donde, como recientemente explicó el director de una escuela, incluso los niños pequeños quieren ser narcotraficantes cuando se sean mayores[6].

En suma, el movimiento de las milicias fue el grito de auxilio de una tierra abandonada, y los sorprendentes resultados ofrecen lecciones positivas y negativas para el futuro. Por el lado positivo está el evidente hecho de que los Caballeros Templarios no son la amenaza que fue hace apenas un año. Las comunidades y los funcionarios del gobierno también han aprendido que la combinación de fuerzas resulta mucho más eficaz que trabajar por separado. Por el lado negativo, las milicias representan una obra en proceso, una que podría transformarse en otro actor criminal, subvirtiendo la seguridad y la democracia por igual; y el gobierno ha dado señales contradictorias acerca de cómo va a controlar esta posible amenaza. Hasta la fecha, esta tensión no ha llevado a ningún enfrentamiento importante, y el gobierno parece haber aplacado suficientes autodefensas en Michoacán, para mantener el orden en el estado. Sin embargo, todavía es temprano en este período post-Caballeros Templarios.

*Este artículo es la tercera parte de un informe de tres partes sobre las milicias en Michoacán. Fue elaborado por Mexico Institute, del Woodrow Wilson International Center for Scholars, e InSight Crime. Vea el informe completo en inglés aquí. Descargue el pdf aquí.

 Notas al pie 

[1] Entrevista de Althaus, Febrero 2014.

[2] Cambio de Michoacán, “En Michoacán suman 636 mil personas en la economía informal”, Mayo 15, 2012. Consultado el 2 de abril de 2014 en: https://www.cambiodeMichoacan.com.mx/vernota.php?id=174292

[3] Periódico AM “Hay 3 millones de Michoacanos en EU”, Julio 11, 2013. Consultado el 7 de abril de 2014, en: https://www.am.com.mx/leon/local/hay-3-millones-de-Michoacanos-en-eu-30969.html

[4] Hector Becerra, “To fight the cartel, Mexican emigrants return to their hometowns”, Los Angeles Times, Enero 25, 2014. Consultado el 7 de abril de 2014, en: https://www.latimes.com/local/la-me-Michoacan-la-20140126,0,6737335.story#ixzz2yFoDcG8J 

[5] Omar Sánchez de Tagle, “Aumentan homicidios en Michoacán, pese a comisión”, Animal Político, Abril 23, 2014. Consultado el 23 de abril de 2014, en: https://www.animalpolitico.com/2014/04/pese-comision-de-seguridad-aumentan-55-homicidios-en-Michoacan/#axzz2zjBKveV5

[6] Entrevista de Althaus, Febrero 2014.

 

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