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En Guatemala, durante varios años y con la inauguración de su nueva justicia, nacida en los estertores y después del ocaso de la larga guerra civil, se vio a militares en el banquillo de los acusados. Incluso a algunos miembros de la poderosa élite Kaibil fueron puestos tras las rejas. Dentro de ellos no había un reo más emblemático que el capitán Byron Lima Oliva, quien impuso su orden en la cárcel hasta que el orden se impuso sobre él.

Byron Lima pasó casi tres décadas construyendo mecanismos para mantenerse a salvo. Fue un ejercicio necesario. Lima fue capitán del ejército guatemalteco, donde peleó mano a mano contra los guerrilleros de izquierda. También fue agente de inteligencia, guardia presidencial y protector de grupos políticos. Manejaba muchos secretos de las élites y sus contrincantes.

Luego, Lima tuvo que encontrar una forma de protegerse dentro de la cárcel. Apesar de sus amplias redes y su elogiado historial, fue condenado a 20 años en uno de los sistemas penitenciarios más peligrosos y despiadados del mundo por el asesinato del obispo Juan Gerardi, un crimen que el capitán siempre insistió no haber cometido. Byron Lima Oliva era un hombre con muchos aliados. Pero a la vez con muchos enemigos, dentro y fuera de las cárceles guatemaltecas.

A partir de su experiencia en el ejército, Lima desarrolló redes de inteligencia entre los prisioneros y dentro de la administración penitenciaria misma. Muchos de esos reclusos eran parte de un ejército de seguidores y aliados devotos que morirían por él de ser necesario.

Lima también tenía una capa política y muchos contactos, una extensa y poderosa red de personas que llegaban incluso a las oficinas presidenciales, y que podían fácilmente trasladar a prisioneros problemáticos o rivales de su medio. Byron Lima se caracterizó por su amplia experiencia en eliminar a sus enemigos antes que ellos lo eliminaran a él. Los medios locales eventualmente se referirían a el como el “rey” de las prisiones.

Sin embargo, Lima tenía una debilidad. Y no precisamente donde se lo esperaba. Cuando Byron Lima recorría los terrenos de la cárcel Pavón, la última prisión que ocupó, estaba ensombrecido por un pequeño batallón de guardaespaldas. A primera vista, ese grupo era imperceptible, se mezclaba con la masa de reos, pero realmente era un semicírculo de hombres moviéndose como un pequeño enjambre de abejas en la misma dirección que su líder.

 Guatemala Espaol 01 optEsos guardias eran normalmente los líderes de algunos de los 22 sectores de la prisión que Lima había tratado de controlar. Sin embargo, por razones logísticas, el capitán alternaba a sus guardias. Si hubiera podido juntar un grupo que le fuera leal no habría tenido de que preocuparse. Si sus hombres eran susceptibles a las presiones externas o vacilaban, él era vulnerable.

El 18 de julio Lima estaba vulnerable. Pavón es una instalación grande, estilo campus de universidad, con canchas de baloncesto —que los reclusos utilizan para jugar voleibol y fútbol— y un paseo conocido como la “Sexta Avenida”, que sirve como centro cultural y económico ad hoc de la prisión. Aquel día, Lima y una visitante argentina caminaba hacia allí, donde iban a desayunar. La avenida tiene unas dimensiones de unos tres metros de ancho por 60 metros de longitud e incluye restaurantes, tiendas y talleres. Hay una iglesia justo antes de la avenida, y por encima de ella hay un puente que lo hace parecer como un túnel.

Sus guardias estaban presentes mientras caminaban por el Pavón. Pero el aire estaba pesado. De hecho, Lima sabía que algo estaba en marcha en su contra. Los orígenes siguen siendo un misterio. Pero el excapitán estaba en estado de alerta. Sus hombres incluso habían pasado de contrabando un chaleco antibalas. Parte de la preocupación de Lima se relaciona con las diversas batallas que había lanzado contra algunos de sus poderosos enemigos, algunos de los cuales estaban también en la cárcel con él. Esas peleas llegaron a los niveles más altos del gobierno anterior, el mismo que una vez lo había mimado pero que más tarde lo rechazó. Con todo y todo, ese día lo distraía la presencia de la visitante, una hermosa y joven argentina que más tarde sería descrita como su novia.

Las autoridades todavía están investigando los detalles, pero parece que a medida que Lima y su invitada caminaban por las escaleras hacia la entrada de túnel de la Sexta Avenida, se vieron sorprendidos por varios hombres, algunos de los cuales pueden haber sido los mismos guardias de confianza que Lima tenía para mantenerlo a salvo. Los disparos de los fúsiles fueron sorpresivos. Un policía de alto nivel que estaba a cargo de investigación dijo a InSight Crime: “Al menos dos a la cabeza de Lima, que lo mataron al instante”. La invitada también recibió un disparo, al igual que varios de los ayudantes de Lima.

Los sicarios y sus aliados también se aprovecharon del caos de la emboscada para arreglar otros asuntos. En total, nueve prisioneros fueron asesinados; otros cuatro fueron decapitados. La policía dijo que había tres escenas del crimen diferentes dispersas a lo largo de la avenida. No obstante, el cuerpo que más importaba era el de Lima. Su asesinato acabó con el status quo en las cárceles y sacudió una nación que se encuentra luchando para erradicar a las mismas redes de gran potencia que Lima había utilizado para convertirse en el “rey” de las cárceles.

El Kaibil y el obispo

La noche del 26 abril de 1998, la noche que el obispo diocesano Juan José Gerardi fue asesinado, todo parecía normal dentro y alrededor de la parroquia San Esteban. Los borrachines de siempre dormían frente a su cochera. El padre Mario Orantes, su compañero de casa, estaba en su cuarto y en los alrededores un grupo de hombres tomaban cerveza en la tienda Don Mike. El obispo entró en su vehículo alrededor de las 11 de la noche luego de cenar con su hermana, tal como lo hacía todos los domingos.

Sin embargo —según la investigación que duraría años y cambiaría el rumbo no solo del sistema penitenciario, sino del país— ni el borracho frente a su cochera, ni los hombres que tomaban cerveza y fumaban cigarrillos en Don Mike ni Don Mike mismo, ni siquiera el padre Orantes, eran lo que aparentaban. Todos eran miembros, coludidos o intimidados por el temible Estado Mayor Presidencial (EMP), la esfera más poderosa en ese entonces dentro del gobierno guatemalteco.

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Byron Lima custodia al presidente Álvaro Arzú a finales de los noventa (Foto tomada de Facebook)

El capitán Byron Lima Oliva era miembro del EMP. Aquella noche Lima dice que cometió un solo error: dormir en el EMP. El palacio presidencial queda frente a la parroquia San Esteban, donde el obispo llegó a parquear su carro por la última vez y donde algo pasó que nadie ha sido capaz de explicar hasta el día de hoy. Lo que está claro es que el obispo Gerardi fue asesinado, probablemente por varios hombres, utilizando un pedazo de cemento para destruirle el cráneo.

Los motivos del asesinato son los mismos que siguen dividiendo al país 20 años después de firmar un acuerdo de paz entre las guerrillas de izquierda y el gobierno. Para los investigadores del gobierno, es claro que Gerardi fue asesinado por su trabajo. Específicamente por su trabajo con la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (ODHAG) y la elaboración del informe del proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI), en el cual se describían más de 54.000 asesinatos de civiles desde los años setenta hasta la firma de los acuerdos de paz en 1996, casi en su totalidad cometidos por el ejército guatemalteco. El informe, que paradójicamente se tituló “Guatemala Nunca Más“, había sido presentado apenas dos días antes de que un enorme pedazo de concreto cayera sobre la cabeza del obispo y lo dejara tirado en el piso del garaje de la parroquia San Esteban.

Sin embargo, hay otros sectores del país, sobre todo los que son afines a los todavía poderosos militares y exmilitares, que vieron otro tipo de crimen, un crimen más relacionado con delincuencia común o un “crimen pasional” ligado a los líos homosexuales del padre Orantes.

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Por estar en el radio del palacio presidencial, el EMP tuvo que hacer su propia investigación. Lima siempre decía que no era parte del contingente del EMP que llegó a la escena del crimen. Además, la familia Lima sostenía que el motivo político fue un montaje para culpar a unos militares pero, que los responsables fueron una banda que se dedicaba a robar carros y figuras de la iglesia, conocidos como “Valle del Sol”.

El crimen conmocionó a la sociedad guatemalteca y a la comunidad internacional. Habían pasado 16 años desde que no era asesinada una figura eclesial tan alta como un obispo, el último fue el arzobispo Oscar Romero en El Salvador en 1980, y la mayoría suponía que la guerra civil guatemalteca se había cerrado con todo y sus horrores. Pero eso estaba muy lejos de ser cierto. El asesinato generaba una sensación similar a la de un déjà vu que había vuelto a revivir las profundas grietas que continúan dividiendo a este país de 15 millones de personas.

Durante años, la investigación arrancaba y trancaba. Testigos desaparecieron, una bomba fue colocada en la casa de la jueza del caso y varios fiscales dejaron sus carreras por las consecuencias que llevaban sus averiguaciones. El desvío de la investigación fue tanto que durante un periodo Balú, el perro de la parroquia, fue el principal sospechoso, inspirando más de un titular sobre un pastor alemán asesino.

Al final, fueron condenados cuatro hombres, el capitán Byron Lima Oliva, junto con su papá, el coronel Byron Lima Estrada, quien se había jubilado en 1993, el sargento mayor Obdulio Villanueva y el padre Mario Orantes. Además de ser miembro del EMP, Lima Oliva era parte de un selecto grupo de militares especiales llamado “Kaibiles”, en honor a un mítico líder indígena que luchó contra los españoles durante la conquista. Los tres militares, luego de ese complicado proceso lleno de amenazas a los fiscales y jueces, intrigas, exiliados y asesinatos, fueron recluidos en 2001 en el Centro Preventivo de la Zona 18 en Ciudad de Guatemala. El sistema penitenciario guatemalteco nunca volvería a ser el mismo.

El Kaibil en la cárcel

Por un lado del país se hizo fiesta y por el otro un velorio. Para los paranderos, el ejército es la representación de todo que es malo en Guatemala: la militarización del país y de la política; las masacres de inocentes en guerra que tenía como objetivo mantener un estatus quo profundamente desigual; y la impunidad. Para los dolientes, el encarcelamiento de tres soldados —sobre todo un coronel que estaba en retiro— fueron una clara muestra de que las guerrillas y las ONGs de derechos humanos estaban consiguiendo su venganza, tanto por los informes tipo “Nunca Más” como por el sistema judicial.

Dentro del centro preventivo de la Zona 18 algunos reos preparaban su propia venganza.

“Cuando entramos al preventivo nadie nos quería recibir en sus sectores”, contaba Lima a InSight Crime en una de las múltiples visitas que le hizo durante 2016. “Hay que recordar que yo, por haber trabajado en el EMP, había arrestado a varios de los que estaban ahí, que eran secuestradores y narcotraficantes. Además nosotros llevábamos puesto todavía el uniforme militar cuando nos llevaron ahí. El único jefe [capo carcelario] que nos recibió nos dijo que por cada uno, o sea por mi papá y por mí, quería 15.000 quetzales [cerca de US$2.000] —30.000 en total—”.

El sistema de cobros en las cárceles Guatemaltecas al que se refería Lima le dicen “Talacha”. Es una realidad aceptada y en muchos casos estimulada por los mismos directores de los penales. De esta forma, cada capo o encargado de sector del penal debe pagar una cuota al director de este dependiendo del número, y de las posibilidades, de los reclusos que tenga dentro, quedándose una buena parte para sí.

La Talacha se paga con dinero o con trabajo.

“La Talacha, si no tenés dinero, es hacer limpieza. Pero no es una limpieza normal”, un pandillero y exreo en uno de los parques de la Zona 18 de Ciudad de Guatemala contó a InSight Crime.  

“Es trapear el suelo con un trapo en las manos, en cuclillas y en ropa interior o desnudos. También limpiar los baños, donde ha ido todo el mundo, con las manos. Después uno no puede ni pararse porque se le han entumecido las piernas y el que se puede parar ahí mismo cae de vergazo. Eso es duro y se hace dos veces al día”.

Tabla Guatemala Espanol 1

El exreo fue “talachero” en más de una ocasión en que su familia no podía llevarle dinero suficiente para pagar. A estos reos que no tienen dinero, ni visita, ni cosas para vender o intercambiar dentro del penal se les llama “rusos” y a su conjunto, “La Rusia”.

Para Byron Lima, su padre y Villanueva no fue fácil la llegada al centro penal preventivo. Los Lima eran una familia de militares y todo lo que implicaba eso en Guatemala. El abuelo del capitán fue asesinado por la guerrilla guatemalteca en 1970. El padre, coronel Lima Estrada, era un temible oficial y luego jefe del aparato de inteligencia más importante en el ejército, el G2, a mediados de los años ochenta, tiempos en los cuales los hubo numerosos desapariciones forzadas por ese mismo G2, según fuentes de los gobiernos de Guatemala y Estados Unidos expuestos por la Agencia Nacional de Seguridad

El coronel también participó en el golpe de Estado contra el entonces mandatario, el general Efraín Ríos Montt en 1983. Para finales de los ochenta, el coronel estaba ligado a otro golpe de Estado contra la primera administración civil en las últimas tres décadas. Byron Lima dijo que ese golpe fue en parte provocado por la primera dama, quien exigía honores en la base militar que manejaba a Lima Estrada. El viejo coronel se negó a darle ese honor a alguien que él decía que era “comunista” pero el golpe falló y el coronel nunca ascendería a general por su participación en ese intento.

“Mi papá estuvo involucrado pero no por cuestiones políticas, sino porque él no estaba de acuerdo con un presidente guerrillero”, dijo Lima.

El capitán Byron Lima creció en ese ambiente de complotistas, anticomunismo y poder. Nunca fue un estudiante destacado. Sin embargo, sobresalía a la hora de entrenamiento físico y por eso subió rápido en la escala militar: Kaibil, paracaidista (fuerzas especiales) y varios aparatos de inteligencia. Era instructor en la escuela politécnica donde su jefe era el celebrado general Otto Pérez Molina, el general que luego llevó al ejercito hacia la paz al principios de los años noventa.

Volvió a trabajar bajo el mando de Pérez Molina, cuidando a la familia del presidente Ramiro de León Carpio, quien asumió la presidencia después de otro intento de golpe provocado por algunos viejos compañeros de su padre en el año 1993. Cuando Pérez Molina tomó el EMP al finales de los años noventa, trajo a Lima donde el sagaz capitán trabajó con el llamado “Comité de Crisis”, que era un grupo antisecuestro y antiasalto de bancos. Ese trabajo lo puso en contacto directo con las víctimas de un flagelo que surgió después de la guerra, entre ellas las élites más poderosas del país, muchos de ellos ministros actuales o ministros en formación.

El tercer militar que llegó ese día al penal preventivo con su traje de gala era el sargento mayor Obdulio Villanueva. Además de ser un tipo de grandes proporciones y poseedor de un entrenamiento que haría parecer a Rambo un delicado. Boy Scout, tenía ya una trayectoria dentro de los penales. Había sido una de las primeras condenas a militares a raíz de un curioso incidente durante su tiempo en la guardia presidencial. El 14 de enero del 1996, el recién nombrado presidente Álvaro Arzú cabalgaba junto a su esposa y todo su Estado Mayor, entre ellos el sargento mayor Villanueva, cuando apareció en una vereda, para su desdicha, el lechero Pedro Sas Rompich, quien al ver tan inusual comitiva por una de las veredas de terracería no pudo frenar su vehículo. El carro cargado de leche dio de llenó contra uno de los caballos lanzando al suelo a su jinete y rompiéndole un brazo, otro militar sacó su arma de oficio y disparó al lechero Rompich. Quien se rompió el brazo era el joven Capitán Byron Lima y quien soltó los plomos era el sargento mayor Obdulio Villanueva.

Villanueva fue condenado a una pena benigna de la cual apenas cumplía un año cuando fue acusado de otro asesinato. Esta vez el del obispo Juan José Gerardi. Testigos dijeron que lo vieron salir de la prisión la noche del crimen, y durante el juicio varios miembros del equipo de fiscales afirman haber sido amenazados directamente por ese militar durante la investigación.

Si bien es cierto que los tres eran veteranos de guerra y habían estado en combate en múltiples ocasiones, en la cárcel era distinto, ahora no tenían la ventaja. Lima cuenta que los capos de su sector además de cobrarle los 30.000 quetzales, estaban absolutamente descontentos de tener a miembros del EMP en su sector. Lo consideraban una agresión y empezaron a acosarles constantemente. Cuenta que en una ocasión llegaron los líderes de sus sector a tratar de agredirlo con la excusa de haberse tardado demás en la ducha. No lo lograron. El joven Kaibil, haciendo uso de su entrenamiento en la selva y sacando a relucir su cinturón negro en karate, les dio una soberbia paliza. Se cuenta que Lima encontró en el suelo una de las pesas de 5 libras del gimnasio del penal, y se cuenta también que no dudo en usarla durante la pelea.

Mientras contaba la historia, Lima se ponía de pie y mostraba los golpes que fue dando para controlar su sector. También mostraba sus heridas. No las de guerra, sino las que había adquirido en su tiempo en la cárcel, sobre todo cuando se tomó el control de su zona. Luego, dijo, expulsó a los vendedores de droga de ahí, en particular a aquellos que vendían crack —el derivado de cocaína que más afecta a los consumidores—. Luego sacó de ahí a los extorsionistas. Todos ellos eran mandados a sectores aislados en donde, ya se ha dicho, ningún reo quiere vivir.

Se dice que comenzó a tratar a los reos de su sector como trataba a sus soldados en los cuarteles. Se levantaban a las 5:00 a.m. a hacer ejercicios y los obligo a hacer proyectos productivos o a estudiar. El régimen tomó aún más sabor militar cuando mandó a quitar los graffitis de las paredes para poner el escudo insignia de los Kaibil, una calavera con dos cuchillos cruzados con la leyenda “Si avanzo sígueme, si me detengo aprémiame, si retrocedo mátame”. Además hizo algo sin precedentes en los penales guatemaltecos: dejó de cobrar la tristemente célebre talacha. Tremendo alivio para los reos rusos de su sector. Sin que se dieron cuenta los demás líderes carcelarios, Lima estaba creando su propio ejército.

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El capitán Lima da un discurso en la cárcel durante el día del militar en la cárcel (Foto tomada de Facebook)

“Esa gente que el resto mira como si estuviera viendo mierda, que no tienen zapatos, esos son los guerreros a la hora de los motines”, explicó Lima a InSight Crime.

A la vez de crear un ejército, Lima —un entrenado en inteligencia y contrainteligencia— estaba encontrando los puntos débiles de sus contrincantes. Los reos de otros sectores se quejaban con él en secreto y le pedían que tomara sus sectores y les liberara del yugo de sus capos.

“Hablaron conmigo de los otros sectores y me contaron historias”, dijo Lima. “Me dijeron que en un sector el jefe había golpeado a un reo y con su sangre preparó un brebaje y obligó a los demás a bebérselo”.

Luego de ésta le seguían una larga lista de anécdotas terroríficas. Se hablaba de un perro y de reos obligados a tener sexo con él, se hablaba de castigos, de celdas llenas de agua para los que no pagaban. Si hay un genio en Lima es su habilidad de entender que si ganas las masas ganas la guerra.

“[Los Rusos] son los que saben que si vos haces cosas buenas o si haces cosas malas la van a coger en tu contra, o sea un enemigo que se llama masa, es decir, que van en masa”, dijo.

Contó Lima que así logró invadir los demás sectores y de esta forma, y motivado por un impulso “humanitario”, logró hacerse con el penal. Sin embargo, quedaba un sector dentro del Centro Preventivo de la Zona 18 por dominar. El sector donde encerraban a lo peor de lo peor del sistema penitenciario, el grupo con el que nadie quería lidiar y que ni siquiera Lima podía someter. Los cholos, los pandilleros.

La leyenda negra del capitán Byron Lima

En la cárcel, cualquier cárcel, poder es, lo que el antropólogo estadounidense Abner Cohen diría, “el control de los recursos que a los demás les importan”. Una vez en la cárcel, pareciera que Lima aprendió rápido a poner en práctica las sabias palabras del antropólogo.

“El poder de Lima está en los monopolios. Él controla todo lo que vos consumás de contrabando en los penales. Siempre fue así”, dijo un reo que lleva casi una década de estar preso y vivió bajo el gobierno carcelario del capitán. Es un pandillero. Lo cuenta bajito en una banca de la cárcel de Pavón. Mientras Lima todavía gobernaba este lugar y donde sus soldados aun merodeaban por todos lados en busca de conjuras en su contra.

Lima siempre negó estas acusaciones, pero otros reos discrepan. Según cuentan ellos —además de varias autoridades judiciales y policiales contactadas por InSight Crime— Lima utilizó sus contactos con políticos y otros militares que le ayudaron para ingresar lo que sea que necesitara dentro del penal. Empezando por el contrabando de teléfonos celulares —los llamados “brujos”— los cuales disponen de llamadas ilimitadas por una sola cantidad. Él vendía el minuto de llamada a los demás reos. Un negocio de poca monta si se ve hace una vez. Una mina de oro si tienes miles de reos haciendo fila las 24 horas del día para llamar a sus familias, amigos y socios.

Luego, después de utilizar sus contactos para lograr el traslado de un reo que controlaba el contrabando de licor, comenzó a importar alcohol por sus propios métodos —llenaron las botellas de agua con ron, vodka y tequila; entraron whiskey como si fuera jugo de manzana con sellos falsificado—. Metieron botellas en pintura cuando hacían las mejoras.

Por último pasó a controlar la droga que se vendía dentro del penal a través de un sistema “mixto” de impuestos y violencia hacia los vendedores. La competencia fue rápidamente aplastada ya que los precios de Lima, al contar con todas las facilidades para el ingreso de ilícitos, dejaba fuera a los demás traficantes, y si se resistían a irse siempre estaban las habilidades de Kaibil o la conexiones de un capitán que había trabajado en el EMP. Utilizando esas mismas conexiones Lima podía hacer que un reo fuera traslado a un penal donde las condiciones eran peores o donde ese reo tuviese enemigos. Esta fue, quizá más que la violencia que el mismo podía ejercer, su arma más poderosa por mucho tiempo.

Si así controla Lima a los otros reos, afuera tenía otro tipo de poder. Su red militar iba desde sus compañeros de la escuela politécnica hasta sus contrincantes en las ramas de inteligencia y fuerzas especiales. Para los oficiales del ejército guatemalteco, lo más importante es el grupo con el cual uno se gradúa de la Escuela Politécnica. Lo llaman promociones. Lima Oliva, por ejemplo, es de la promoción 108 de 1984. En la manera que envejece la promoción va ascendiendo en las posiciones del poder así que con los años Lima Oliva tenía más amigos en puestos importantes del gobierno. Esto incluía puestos dentro del sistema penal, la policía y otros.

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Byron Lima (en la mitad) durante su entrenamiento Kaibil (Foto tomada de Facebook)

Aunque el gobierno guatemalteco se volvió a las manos de civiles en 1985, los gobiernos civiles han seguido encargando a los militares de muchos trabajos. El efecto ha sido una militarización de facto de muchas partes del gobierno como la aduana, administración de impuestos, salud y otros espacios donde los tentáculos del ejército se hacen evidentes.

En su forma más nefasta estos tentáculos formaban los núcleos de lo que se denominaron los Cuerpos Ilegales y Aparatos Clandestinos de Seguridad (CIACS). Estos CIACS son una especie de facilitadores del crimen desde identidades falsas hasta narcotráfico.

Durante una temporada tenían nombres como “La Cofradía” o “La Montaña” y obedecían la lógica de las promociones. En su auge, fueron la razón por la cual se justificó la creación de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), el cuerpo investigativo auspiciado por las Naciones Unidas que fue establecido en 2007, jugó un papel central en la caída del presidente Pérez Molina en 2015 (Promoción 73 de 1977) y su vicepresidenta Roxana Baldetti, quien tenía como secretario privado Juan Carlos Monzón, que también era parte del ejército guatemalteco.

Sin embargo, a lo largo de los años, los CIACS se han ido mezclando entre sí y hoy en día son alianzas de conveniencia que se establecen y se deshacen dependiendo de las circunstancias.

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Lima Oliva tenía otro poder mucho más sutil que empleaba para ejercer el control en el sistema penitenciario: lo que un investigador de la CICIG llama “el silencio”. Según ese investigador y otros investigadores independientes como los periodistas Francisco Goldman y Julie López que han estudiado durante años el asesinato del obispo Gerardi, y que han escrito respetados libros sobre el tema, había más involucrados: miembros cercanos al presidente Arzú, otros Kaibiles y miembros del EMP. A cambio de protección y privilegios en el centro penitenciario, Lima mantenía la boca cerrada. Y cuando sentía que sus intereses estaban en peligro, no dudaba en sacar la amenaza. Por ejemplo, al poco tiempo de haber sido detenido, en una entrevista con la periodista Claudia Méndez Arriaza en 2001, Lima dijo:

“Oficiales del ejército me involucraron en esto, óigame, porque quiero dar datos: no me pregunte nombres, porque me referiré a coroneles que están de alta y que, por cierto, son cobaneros”, dijo, refiriéndose a la ciudad de Cobán al norte del país. “No digo sus nombres, porque les tenga miedo, pero los señalo y les mando este mensaje: ¿Por qué se metieron en este problema?”

En años recientes Lima se negó a aclarar qué quería decir y negó que esto influyera en su poder dentro del sistema carcelario.

“A mí me gusta hablar sin pelos en la lengua, claro, porque entre el cielo y la tierra no hay nada oculto, pero tampoco hay que dejarse llevar por chismes”, dijo a InSight Crime.  

‘¡Tráiganos a Lima!’

La guerra de Lima en la cárcel ha sido principalmente contra la Mara Salvatrucha (MS13) y Barrio 18, las dos pandillas más grandes en la región. Durante años, a los “cholos”, los capos carcelarios los marginaron y confinaron a los peores recintos de los penales. Los consideraban violentos, sucios y problemáticos. Una plaga. Con el tiempo el maltrato los despertó.

El odio y la venganza de los cholos comenzó a tomar forma en la granja Penal de Pavoncito, donde gobernaba un hombre conocido como “El Negro Beteta”. Se trataba de Julio Cesar Beteta quien, para mantener su hegemonía, controlaba a fuerza de torturas a los reos, especialmente a los pandilleros.

“La verdad es que ese cerote tenía hechos mierdas a los homies. Los maltrataba y los humillaba pues. Los tenía de talacheros y les daban verga, y los maltrataba”, relata uno de los pandilleros presos.

Los pandilleros cuentan que el maltrato fue la razón por la cual dejaron su pelea eterna entre ellos mismos e hicieron un pacto de cooperación únicamente al interior de los penales. No se les hizo difícil. Estos pactos carcelarios entre pandillas son muy comunes en el sur de California, donde ambas pandillas tienen su origen. Les llaman “pactos sur” o “correr el sur” haciendo alusión a esa latitud del Estado californiano. Las pandillas son parte de la misma organización paraguas conocida como “Los Sureños”. Luego idearon un plan para meter “cuchillos, granadas, armas y munición” en el penal y esperaron su momento.

El 23 de diciembre de 2002 se lanzaron “a morir o a matar” como una horda de abejas asesinas sobre los capos que les habían vejado. Beteta no era Kaibil, ni siquiera era militar. pero gozaba del apoyo de un tío quien si lo era. Noel Beteta, uno de los primeros militares condenados por crímenes contra civiles, había asesinado años antes a la antropóloga Myrna Mack, quien realizaba su trabajo de campo en las comunidades del inmenso y conflictivo Quiche. Los recursos con los que contaba Noel Beteta se parecían mucho a los recursos con los que contó también Byron Lima. Alcanzó incluso para cubrir a su primo con el manto de su poder.

Sin embargo, el ex sargento mayor Noel Beteta no estaba recluido en el Pavoncito, sino entro centro, y sus poderes no eran suficientes para proteger a su sobrino contra la horda de pandilleros que fueron invadiendo sector por sector en el penal dispuestos a cobrarle a Julio Cesar Beteta en sangre las incontables Talachas y vejámenes. Los rusos o civiles, las huestes del capo, sobrepasaban en número a los pandilleros, sin embargo estaban desprevenidos, desarmados en su mayoría. Y a los pandilleros los acompañaba el odio. Se tomaron en cuestión de horas el penal y expulsaron a todos los custodios. A Julio Beteta, el protegido de Noel Beteta, su tío Kaibil, lo acorralaron en un sector pequeño. No pudieron sacarlo a bala o a machete pues él y sus lugartenientes estaban también armados. Así que hicieron un hoyo en el tejado y por ahí vertieron líquido inflamable. El fuego lo hizo salir. Media hora más tarde los pandilleros posaban con su cabeza frente a las cámaras.

Un pandillero joven cogió de la habitación de uno de los asesinados un muñeco de felpa con la forma de un militar y le arrancó con los dientes la cabeza, luego el muñeco era exhibido junto a la cabeza de Beteta mientras el chico gritaba: “¡Queremos a Lima! ¡Queremos a Lima! Estas cabezas son muestras de nuestro poder. Somos sureños. ¡Queremos a Lima! ¡Tráiganos a Lima!”

La supervivencia de un Kaibil

Luis Lima tenía 19 años cuando encarcelaron a su papá, el coronel Byron Lima Estrada, y a su hermano, el capitán Byron Lima Oliva. Estaba becado para irse a estudiar en Bélgica pero se dio cuenta que la situación le había cambiado el rumbo de su vida y se dedicó a la pelea jurídica y la sobrevivencia carcelaria.

Mientras seguía sus estudios en Guatemala en Ciencias Políticas, Luis ayudó a ingresar  los primeros teléfonos celulares, primero para comunicarse con ellos y luego para establecer el negocio de venta de llamadas. Empezó a mover las piezas para traslados de reos rivales, lo cual abrió espacio para entrar en el tema de licores. Pero su trabajo más importante era crear una red de protección legal y jurídica para su padre y su hermano.

“Tuvimos que aprender a hacer el lobby correspondiente ante jueces, fiscales, manejar mucha información para ir moviendo las piezas. Es como un ajedrez”, explica el hoy politólogo de 35 años. “Se volvieron ya redes mixtas porque digamos de conocer delincuentes después empiezas a conocer abogados, empiezas a conocer fiscales, empiezas a conocer policías, empiezas a conocer a todo el mundo”.

Tal como Byron, Luis Lima negó que la red se construyó protegiendo a los implicados en el caso Gerardi, sino para ayudar a prevenir o resolver otros casos. El hermano de Lima insistió que desde la cárcel recogían información valiosa en casos de secuestro, robos de carros, y tráfico de armas y que pasaban esa información a las autoridades de turno. “Al final, puede decirse que somos infiltrados porque no es nuestro ambiente, o sea nosotros fuimos a caer ahí porque el diablo quiso, o Dios, no sé quién, y tuvimos que mutar ahí”.

En una ocasión Byron Lima dijo que pasó información de cómo un grupo de asaltabancos iban a escapar de la cárcel a Inteligencia del ejército. Sabía por donde iban a salir, por donde tenían sus armas guardadas que iban a utilizar para tumbar un helicóptero policial y que día iba a ser la fuga. Para mostrar su nivel de confianza con los bandidos a las autoridades, Lima logró que les comprara chalecos antibalas. La noche antes de la fuga les cayó el ejército y los trasladó a otra cárcel —de donde se fugaron de todas maneras—. Los Lima argumentaron que eso sí les daba más influencia.

Grafico Guatemala poblacion creciente Esp

“Entonces vas armando todo eso. Porque en algún momento determinado te van a servir y a puro intercambio de favores, de información. Ahí sí como, quien dice, él que tiene la información tiene el poder. La información es poder”, explicó Luis Lima.

Ese poder era la diferencia entre la vida y la muerte al principio del 2003. Los Lima habían visto al pandillero en la cárcel Pavoncito retando al capitán y comenzaron a prepararse para lo que sabía que venía. Como buenos soldados sabían cuando pelear y cuando replegarse. Ese no era el momento para enfrentar a una mixtura de pandilleros hastiados y furiosos con la élite militar carcelaria. Lograron sacar al padre. Al coronel Byron lima Estrada para el médico, bajo la excusa de un problema de salud. Generaron condiciones para que tanto Byron como el sargento mayor Obdulio Villanueva pudiera salir y defenderse.

Los pandilleros de Pavoncito se coordinaron con los del preventivo. Se trataba de un ataque coordinado en todo el sistema penitenciario. El día que llegó el ataque, el 12 de febrero, Lima estuvo en las oficinas de la dirección. Sin embargo, su compañero militar Obdulio Villanueva no corrió con la misma suerte. Se dice que Villanueva no pudo salir por un hueco hecho en la pared de su sector pues había engordado mucho en los últimos meses. Quedó atorado y luego los machetes hicieron lo suyo.

“Los contactos son para protegerse… para blindarse”, dijo Luis Lima. “Es que es supervivencia, es supervivencia”.

El imperio del Kaibil

Poco después de que su antiguo jefe en el EPM, Otto Pérez Molina, fue elegido como presidente en 2011, Lima Oliva mandó un correo electrónico al Mauricio López Bonilla. López Bonilla era militar (Promoción 91), consultor privado y luego jefe de campaña de Pérez Molina y su Partido Patriota (PP). Cumpliendo una promesa que le había hecho a López Bonilla, el presidente electo lo eligió como ministro de Gobernación y cuando llegó el correo de Lima, el futuro ministro estaba decidiendo a quien poner en los puestos claves del sistema penitenciario.

Para esas fechas, Lima ya era el prisionero más fuerte en el sistema. Después de la muerte de Obdulio Villanueva en febrero 2003, Lima fue trasladado al penal de Boquerón, por su seguridad, no sin antes hacer una pequeña venganza contra los pandilleros: la gente de Lima puso veneno en la bebida de los pandilleros. No logró asesinar a ninguno pero si enfermó seriamente a más de cien pandilleros en el Centro Preventivo de la Zona 18.

Luego lo trasladaron a Pavoncito, el exreinado de Beteta, ya sin pandilleros, pues se los habían llevado al penal de Escuintla. Allí impuso sus leyes, sus normas y sus monopolios sobre el contrabando. A Pavoncito también enviaron en 2008 a cuatro líderes importantes de la MS13. Entre ellos dos de los que habían asesinado a Villanueva. Algunas fuentes aseguran que el sistema los envió a morir a los dominios de Lima, como ofrenda por el agravio cometido en 2003 en el Preventivo. Lo cierto es que luego de matarles, les quitaron la cabeza y fue exhibida así como años atrás ellos mismo mostraban jubilosos las cabezas de Beteta, Villanueva, y por poco la del mismo Lima. Se cerraba un ciclo, el Kaibil se impuso sobre los homies.

Con Pérez Molina, sus compinches militares tomaron más puestos dentro del gobierno. Un compañero suyo, Estuardo Galdámez (Promoción 108), entró en el congreso. Además Pérez Molina seleccionó a Juan de Dios Rodríguez (Promoción 108) como director del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), la empresa pública más importante del país. Después de haber manejado el Quiche para el PP en las elecciones presidenciales, Luis Lima, el hermano de Byron, fue seleccionado como el enlace entre la presidencia en el congreso.

Lima no quedó afuera de la campaña. Dentro de la cárcel Pavoncito, había creado una cooperativa de ropa, una especie de maquila dentro de la prisión donde sus trabajadores hacía camisetas, gorras y otra parafernalia naranja para el PP. Era uno de varios negocios que probó el capitán desde adentro. Últimamente se concentró en máquinas para hacer ejercicios que vende a alcaldías, y relojes y pinturas con las insignias de los Kaibil o los paracaidistas. El negocio de Lima no se limitó por ideología. En 2011, su maquila hizo camisetas y gorras para la candidatura del viejo sandinista Daniel Ortega en Nicaragua cuando ganó la presidencia de nuevo.

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Collage subido a Facebook por Byron Lima donde muestra su trabajo para el Partido Patriota 

Cuando Pérez Molina ganó en Guatemala ese mismo año, Lima empezó a mover las piezas para otros tipos de negocios. Según un investigador de la CICIG, en el correo de Lima a López Bonilla, el capitán recomendó a muchos candidatos “suyos”, incluso a Eddy Fisher Arbizú y Édgar Hernández (Promoción 108), al coronel Luis Alberto Gonzélez, y a su suegro, Samuel Reyes Samayoa para puestos altos. Fisher fue elegido por López Bonilla para ser el subdirector del sistema penitenciario, Hernández como jefe de traslados y Reyes Samayoa como subdirector técnico administrativo.

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Con la red establecida, el imperio del Kaibil se notaba. Según la investigación de la CICIG, Lima utilizó a sus viejos compañeros de guerra para arreglar traslados. El costo oscilaba entre US$7.000 y US$20.000 dependiendo de la capacidad del reo para pagar. Investigadores guatemaltecos y de Estados Unidos —además de tres abogados defensores del narco en Estados Unidos— dicen que Lima también estafó a varios narcotraficantes. Entre ellos algunos de los más grandes del país a la espera de ser extraditados. El que no pagaba era torturado. Como muestra un botón: al narcotraficante Walter Montejo los guardianes le colocaron una bolsa llena de excremento sobre la cabeza por no haber pagado US$800.000.  

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Así funcionaba la red de Byron Lima (Organigrama: CICIG)

Los abusos de Lima se pasaron cuando empezó a salir con más frecuencia para verse con su familia, amigos y novias. No era extraño, dicen los investigadores, que Lima se fuera de rumba en una discoteca un viernes o un sábado. Andaba en dos carros blindados del Ministerio de Gobernación y tenía un contingente de custodios penitenciarios con él.

En 2013, la policía montó una operación que capturó a Lima en su caravana fuera de la cárcel. Ese día el director del penal Pavoncito andaba con él. La furia de Lima no se hizo esperar. Cuando se encontró con la prensa echó amenazas por todo o alto, sobre todo a López Bonilla, a quien tildó como “traidor de la patria”.

Las acusaciones en contra de Lima no llevarían a nada, pero el arresto le golpeó. Al año, la CICIG, utilizando en parte los teléfonos que confiscaron ese día, de los traslados, dándole otro golpe inesperado. A Lima, le preocupaban los cargos porque podían añadir a su sentencia y afectar sus aspiraciones políticas.

‘Byron Lima Presidente’

Eran las 9:00 a.m. del martes 5 de abril de 2016. En el centro penal de Pavon, en Fraijanes, Ciudad de Guatemala, el cadáver del indígena Marcelo Noj Ajau pendía de una cuerda de nylon en el baño de uno de los sectores. Su cadáver estaba amoratado, una de sus manos está dentro de los bolsillos de su pantalón y pendía a apenas un palmo del suelo. “El Oso”, reo encargado de este sector del penal, le rendía cuentas a un molesto Lima Oliva. La versión de El Oso señalaba que el chico se había ahorcado en la noche, mientras todos dormían, y nadie se percató.

“El encargado de cada sector es el responsable de lo que pase y deje de pasar en su sector”, dijo contundente Lima.

En el penal había un aire de incertidumbre, de expectativa sobre lo que el jefe iba a decidir. Decenas de hombres caminaban silenciosos por uno de los patios arropados, casi cubiertos, por sus chaquetas, otros, los menos curiosos, habían preferido quedarse dentro de sus sectores y esperar que pasara el revuelo. Hacía frío y de las bocas de los reos salía un vapor blanco, como si todos estuviesen fumando.

“El cadáver no luce como lucen los ahorcados”, Lima pronunció con profunda confianza. “He visto muchos en mi vida y la lengua se les sale, a este no se le sale la lengua, nada de eso, y está golpeado, además ví a otro muchacho con el ojo morado también en ese mismo sector. ¡Tráiganlo!”

Ordenó y un grupo de hombres corrieron a buscar lo solicitado. Minutos más tarde llevaron ante el jefe a un hombre joven que caminaba con dificultad, tenía la cara hinchada y restos de sangre alrededor de la boca. El jefe preguntó, pero el hombre se resistía un poco.

“¿No voy a tener problemas por soplón?”

“No te va a pasar nada”, dijo Lima.

“¿Seguro?”

Preguntó tímidamente este hombre, forjado por años en la lógica del silencio. Pero Lima ya no le respondió solo lo miró fijamente a los ojos y el otro comenzó a hablar. Dijo que los encargados lo golpearon toda la madrugada obligándolo a darles dinero. 300 quetzales para ser precisos (unos US$40).

“Tráiganme a los encargados”, dijo Lima después de la confesión.

Casi de inmediato llegó trotando un hombre blanco con sobrepeso. Trajo consigo el dinero. El jefe le ordenó que lo devolviera y este le entregó al golpeado un fajo de 300 quetzales sin chistar.

“Ahí está, así como me lo dio así se lo devuelvo. Lo hicimos porque el rompió las reglas y estaba extorsionando a una familiar de nosotros por teléfono”, explicó el que entregó el dinero.

“No es la forma de hacer la cosas”, le respondió Lima, ahora más suave pero firme de todas maneras.

El jefe había hablado. El asunto quedó zanjado. Seguido de esto, destituyó a El Oso como encargado y subió a “Tortillero”. Le dijo a este que de ahora en adelante él sería el responsable. Para Lima, los motivos de la muerte de Marcelo Naj Ajau quedaron claros. Se cerró el caso.

Durante sus ocho meses en el Pavón Lima se encargó de docenas de casos parecidos, casos que requerían la intervención de una autoridad interna porque la misma autoridad abdica sus responsabilidades dentro del sistema penitenciario y porque gente como Byron Lima busca el poder que queda de ese vacío.  

Poco después de resolver ese caso, Lima mostró a InSight Crime el penal. Ya se había disipado bastante la conmoción por el indígena ahorcado. Lima se detuvo frente a un hombre que pasó y con voz fuerte le pidió que se acercara.

“Vos vení. Contále acá al amigo quien te arrestó a vos”.

El hombre lo vio a los ojos y con mucha inseguridad le dijo: “Usted…Usted me arrestó mi capitán”.

Al parecer el tipo había secuestrado al primo de Lima cuando era parte del Comité de Crisis. Durante el rescate Lima le metió un tiro. Ahora que comparten cárcel, Lima quería demostrar con esto que él, al no hacerle daño a reo, no era un tirano como lo fue El Negro Beteta.

“¿Te he hecho daño alguna vez?”, pregunta el capitán.

“Si. Me… me dio un tiro en la espalda capitán” dice el hombre totalmente desconcertado. “No, no, después de eso digo yo”.

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El hombre negó con la cabeza. Continuamos el recorrido.

A nuestra derecha un numeroso grupo de reos trabajan en la fabricación de hamacas, peluches, sombreros. Seguimos caminando por la Sexta Avenida, los presos con quienes nos cruzamos se detenían y saludaban con un “buen día mi capitán”.

Entramos a la “Escuela Génesis”, un lugar amplio y con varios salones en donde se impartían clases de Inglés, Alemán, Diseño Gráfico, Geografía, así como los cursos básicos. El mismo Lima daba el curso de Portugués, el cual hablaba de forma fluida. En la parte de atrás del penal había granjas en donde los reos criaban cerdos, patos y gallinas. En medio de ese mar de hombres Lima llamó a uno de ellos. Le dijo que nos contara lo que había pasado el mes pasado.

“Me dio apendicitis. En la enfermería no me querían dejar entrar pero el capitán abrió la puerta con un hacha”, contó el reo con una sonrisa de admiración y agradecimiento.

Luego un hombre viejo se acercó. Las arrugas le surcan el rostro y en sus dedos la artritis había hecho de las suyas. Nos contó que su mujer estaba también recluida en una prisión. Ella junto con otras reas de edad avanzada, cansadas de solicitar al Estado una ayuda que no llegó, recurrían a Lima.

También lo hacían las más jóvenes e incluso la misma directora del penal para mujeres le pidió, frente a nosotros, una ayuda en concepto de comida, mantas y otras cosas que las reclusas necesitaban y le agradeció por los panes con pollo que enviaron para la navidad pasada.

Si parecía que Lima estaba haciendo política era porque su ambición no se limitaba al sistema penitenciario. Para principios de 2016, ya Lima había creado un partido político con su hermano Luis. El lema del Partido de Refundación Nacional es “retomar la Constitución”, como dijo Luis Lima. Byron Lima estaba trabajando otro proyecto a la vez. Lo estaban llamando “Amor por Guatemala” o AGUA. Luis dijo que era un proyecto inclusivo.

“Tenemos excombatientes de la guerrilla, tenemos veteranos, tenemos  salubristas, tenemos magistrados, tenemos sindicalistas, tenemos indígenas, tenemos campesinos, tenemos grupos de mujeres, hasta homosexuales”, dijo Luis, el autollamado progresista de la familia.  

Byron no habló de esos proyectos políticos tan abiertamente pero no estaba tímido en cuanto a sus propias avaricias. Su página de Facebook se titulaba “Byron Lima Presidente”. Tenía fotos de una gran parte de los que lo habían visitado, incluso diputados, diplomáticos, y el actual presidente Jimmy Morales cuando era comediante. El próximo paso: la Presidencia.

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Byron Lima con Jimmy Morales antes de ser presidente (Foto tomada de Facebook)

“Voy a ser presidente y eso ni lo dudes”, dijo Lima a InSight Crime sin vacilar. “Voy a llegar a ser presidente de los guatemaltecos, no de la sociedad civil y no voy a permitir que ningún, discúlpame la palabra, ningún hijueputa venga a hablar mal de Guatemala porque lo meto a la cárcel…Ya estuve preso ¿Qué? ¿Qué le voy a tener miedo a los pandilleros? No les voy a tener miedo. ¿Qué yo les voy a tener miedo a los sicarios que están matando a los de los buses? No les voy a tener miedo ¿Qué si tengo miedo de derribar una avioneta en el aire que viene con cargamento de droga? No, no les tengo miedo”.

El tour del Pavón continúa y más adelante, casi en la salida, había un cuarto de madera. Dentro está sentado un hombre moreno, de mediana edad quien se veía atareado en medio de un pila de papeles, micrófonos y auriculares. Estábamos en “La Voz de Pavón” una especie de radio “comunitaria”. En realidad trasmitían canciones, mensajes evangélicos, anuncios personales a través de los megáfonos del penal. Una vez cada hora leían una lista de reglas que Lima había impuesto en el penal: prohibido escupir en el suelo, prohibido botar basura fuera de los basureros, prohibido formar pandillas, prohibido proferir amenazas de muerte a otros reos… Lima explicó a InSight Crime que lo repetían así ya que debían grabarlo en la mente de los reos.

La muerte del Kaibil

Si bien Lima no temía a los pandilleros, había otros a los que sí. Entre ellos un narcotraficante llamado Marvin Montiel Marín, alias el “Taquero”. Marín fue encarcelado por en 2008 quemar vivos a 16 pasajeros en un bus que venía de Nicaragua, cuando no encontró la cocaína que quería robar.

Al Taquero no le molestaba que Lima arreglara disputas entre los reos y regalara pastel de pollo a las reas durante navidad, sino que Lima estaba intentando cortar su negocio dentro de la cárcel, específicamente la venta de crack, uno de los más lucrativos que hay en la cárcel y de los más destructivos por los robos y motines que causa entre los mismos prisioneros.

“El peor de los cánceres, se llama piedra, se llama crack, eso es lo peor que puede haber en un penal”, dijo Lima a InSight Crime.

Sin embargo, Lima no pudo erradicar ese negocio fácilmente. De hecho, decía que solo había logrado control de la mitad de los 22 sectores del Pavón por esa misma razón. Explicó que quedaban unos 20 o 30 vendedores, entre ellos Marín, y que tenía que esperar que los mandaran a otras cárceles.

“Van a caer o se van a ir libres, o se van a ir trasladados”, explicó sobre el lento proceso de expulsar el crack. “Pero lo que yo estoy tratando de hacer es que esa plaza no la ocupe otro”.

Días después de la muerte de Lima, se filtró a InSight Crime un informe de Dirección General de la Inteligencia Civil (DIGICI) que decía que un narcotraficante llamado Eduardo Francisco Villatoro Cano, alias “Guayo Cano,” pagó a ese mismo Marín un millón de quetzales para matar a Lima. El motivo, según el cuestionable informe, era un robo de “2.000 paquetes de droga denominada cocaína” que efectuó Lima a Guayo Cano, quien guarda prisión en otra cárcel, y que Lima estaba intentando prohibir la venta de crack.

“Se tuvo información que el enfrentamiento pudo haberse originado por la supuesta prohibición que el capitán Byron Lima había hecho con respecto a la venta de droga dentro del centro carcelario, afectando directamente los negocios del reo Marvin Montiel Marín, alias ‘el Taquero’, responsable de la venta de estupefacientes en el interior de la prisión”, señala la DIGICI en su memorándum.

No obstante, algo no cuadraba. Autoridades en el Ministerio de Gobernación confirmaron que el informe era verídico pero parecía demasiado sencillo y había imprecisiones que llamaban la atención. Por citar un ejemplo, la DIGICI hablaba de Lima como si fuera un tumbador de drogas, algo que ni agentes antinarcóticos de Estados Unidos ni otras autoridades guatemaltecas decían sobre él. Además, un alto oficial de la policía dijo a InSight Crime que Marín se había aislado ese día, insinuando que El Taquero era más un chivo expiatorio que el autor intelectual de lo sucedido.

De hecho, es evidente que los problemas de Lima iban más allá de su propia cárcel, al igual que los posibles conspiradores. Por su parte, Luis Lima dijo que el asesinato era “un crimen del Estado”, echando la culpa a las partes del gobierno que no quieren que se reviva la teoría de que el Valle del Sol mató al obispo Gerardi y no el ejército guatemalteco. Otros creen al revés: que Lima podría haber implicado a unos excompañeros del EMP y hasta políticos más altos. O sea que por fin se agotó su famoso “silencio” y con ello se tumbaría lo que quedaba de varios CIACS y sus aliados políticos.

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Byron Lima habla con la prensa después de un juicio (Foto tomada de Facebook)

Un hecho muy curioso: algunos de sus exaliados como Otto Pérez Molina y sus compañeros de la Promoción 108 ya estaban en la cárcel enfrentando cargos por corrupción, lavado y otros crímenes. López Bonilla, exministro de Gobernación, también cayó preso por corrupción y la animosidad entre el exministro y Lima seguía con amenazas veladas entre los dos, las cuales se pasaban por medio de la prensa y mensajes de texto, así como en las redes sociales. Los procesos judiciales contra esos expolíticos y militares siguen y la posibilidad que Lima hablara de sus excompañeros en esos casos lo pusiera en peligro. Es más, Lima había insinuado en más de una ocasión que estaba harto del cinismo y la falta de respeto de sus excompañeros de la institución que él consideraba la más sagrada: el ejército. El hecho de que Pérez Molina hubiera dejado de usar su uniforme lo fastidió hasta su último día.

Lima cayó en medio de esos múltiples complots y peleas por honor. Los casos de corrupción han provocado una batalla por el alma del país. Lima y su breve imperio en las cárceles era la perfecta representación de esa batalla. Por un lado era una cuestión de orden, de control, hasta de seguridad y progreso en cierta medida. Y por el otro era una cuestión de caos, de oportunidad de robar, de lucrarse, de los demás por el beneficio de uno.

“En cada cárcel de Guatemala hay un Byron Lima” dijo Luis Lima a InSight Crime poco antes de la muerte de su hermano. “Pero, hay Byron Limas buenos y hay Byron Limas malos. Está el Byron Lima que ayuda al sistema de salud en una cárcel, que ayuda al sistema educativo en una cárcel, que ayuda al sistema laboral en una cárcel. Y está el Byron Lima malo que puede extorsionar, que puede golpear, que puede fomentar los vicios”. 

Dependiendo a quién se le pregunte, Lima era protector o violador, soldado honorable o extorsionador, líder militar o contrabandista, presidente en formación o temible “rey” de las cárceles. Al final de cuentas, los asesinos de Lima no fueron narcotraficantes, ni “el Estado”, ni sus excompañeros. Lo que mató a Byron Lima fue la contradicción constante que se llama Guatemala.

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